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El Paro Nacional, la navidad y el medio ambiente

Fredy Cante
Fredy Cante
Profesor de la Facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario
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Columna

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09 de Diciembre de 2019

<p><strong>La persistente indiferencia de los gobernantes</strong></p>

<p>En los viajes de Gulliver, la sarcástica historia de Jonathan Swift, la voz de los empequeñecidos liliputienses es inaudible y, por lo mismo irrelevante, para un gigante foráneo.</p>

<p>En la realidad colombiana, aún después de casi tres semanas de persistentes y creativas protestas, sigue ocurriendo algo similar a lo narrado por Swift. Voces argumentadas, gritos estridentes, súplicas llorosas de las víctimas y aún algunos destrozos causados por la ira de los más exaltados, siguen siendo apenas ruidos insignificantes, todavía inaudibles para los hacedores de las políticas públicas.</p>

<p>Por suprema petulancia y, en especial, porque son mandaderos muy bien pagos de los dueños del país y del mundo, la gran mayoría de los tecnócratas y de los políticos no están interesados en escuchar las voces de los sectores populares. En las llamadas democracias liberales los oficios tecnocráticos y los políticos ejecutan las órdenes de las clases propietarias (rentistas y capitalistas). Son sordos ante los clamores de la precariamente opulenta clase media, de los pobres y de los miserables.</p>

<p>La humillante expresión “de qué me hablas viejo” con la que el Presidente Duque pretendió ignorar el sufrimiento de gente pobre de las lejanías rurales que, además, habían sido víctimas de la violencia estatal y de la agresión de actores armados ilegales no ha cambiado a pesar del paro. En vísperas de las marchas anunciadas para el miércoles 4 de Diciembre, el cuestionado gobierno de Duque persistió en adelantar por lo menos tres políticas nocivas para la gente más pobre: primera, una ley de tributación para eximir de impuestos a los grandes empresarios y a los más ricos para, supuestamente, generar crecimiento; segunda, &nbsp;la llamada ley de la impunidad o ley Andrés Felipe Arias (un salvavidas para corruptos involucrados en temas como la parapolítica; y, tercera, una ilusoria reducción en la jornada laboral (en función de la sacrosanta productividad), &nbsp;sin cabida para temas como un salario mínimo vital y sin transformar las injustas condiciones laborales de la mayoría de los trabajadores.</p>

<p><strong>Estado de Derecho, pacifismo y acción política noviolenta</strong></p>

<p>El imperio de la ley no es el equivalente del bien común. Las leyes no son neutras. Los estudiosos de las constituciones políticas bien saben que así como en micro-política “Pedro sobrio ata a Pedro ebrio”, en las sociedades unos sectores hegemónicos diseñan leyes para restringir y limitar las libertades de las clases subalternas y de los peor situados. Por lo demás, las leyes están sustentadas en la fuerza y en el monopolio estatal de la violencia. Ferdinand Lasalle, en su discurso sobre qué es una Constitución demostraba que las constituciones son expresión de la estructura de fuerzas en una sociedad.</p>

<p>Existe un pacifismo ingenuo y otro más aguzado. Ingenuos pacifistas buscan armonía y conciliación, en sus extremos más cuestionables prefieren la suprema laxitud normativa y los peores acuerdos con tal de no generar ruidos, ni desórdenes ni incomodidades. Los pacifistas más aguzados son buscadores de paz negativa (cese de la violencia directa) y de paz positiva (justicia social y ambiental o cese de la violencia estructural). Tristemente, en Colombia, &nbsp;han proliferado pacifistas cursis y candorosos.&nbsp;</p>

<p>La acción política noviolenta se diferencia de la política sin violencia (pacifismo ingenuo y férrea actuación dentro de los límites de la ley) y de las acciones pasivas (respectivamente no violencia y no-violencia). En la perspectiva de ejemplares seres de teoría y práctica como Jesús, Thoreau, Tolstoi y Gandhi, la noviolencia es la fuerza social de la insumisión y, en especial, es una propuesta ética y cultural de cambio social.</p>

<p>En el clásico discurso sobre la servidumbre voluntaria, el joven visionario francés Etienne de la Boetié, planteó que el poderío de autócratas, dictadores y de diversas oligarquías se puede acabar sin la cooperación, es decir, sin la obediencia de los pueblos. Acciones políticas como la objeción de consciencia, la desobediencia civil y la resistencia civil son expresiones de la acción política noviolenta.</p>

<p>Los paros cívicos nacionales como los que intensamente ocurren en Chile y en Francia y más tenuemente en Colombia son <a href="https://www.researchgate.net/publication/27627466_Accion_Politica_No_Vio... parte</a> de un repertorio de los más de 100 métodos de accionar noviolento.&nbsp;</p>

<p>Aún en gigantescas marchas, sin contaminación sonora y sin destrozos, como la paradigmática marcha del silencio que lideró Jorge Eliécer Gaitán hace más de siete décadas, hubo un impacto sobre la economía y la política. Con razón Mahatma Gandhi, el líder de la prolongada marcha de la sal, mostró el enorme impacto energético de la noviolencia: la energía de la acción noviolenta consiste, justamente, en retirar la cooperación afectiva, social, económica y política a una elite empresarial y/o política. Sin esas fuentes de poder han caído dictadores y malos gobernantes, internos o foráneos,&nbsp; de izquierda a derecha, en diversos lugares del mundo.</p>

<p>La sana lógica de cualquier paro, como se demuestra en Colombia y en otros lugares de Suramérica y el mundo, es que se genere algún nivel de disrupción, de desorden y, en especial, de costes económicos y políticos para los principales responsables de las injusticias y los daños ambientales.</p>

<p><strong>Paro laboral parcial, tenue obstrucción vial y voces estridentes</strong></p>

<p>En Colombia, en sentido estricto, no ha existido un paro cívico nacional ni una acción noviolenta que hubiese paralizado la economía y la política. Lo que ha proliferado han sido las protestas masivas, creativas y continuas con algún impacto en la vida laboral y en los servicios de transporte.</p>

<p>Los grandes protagonistas del paro han sido jóvenes estudiantes, en especial de diversas universidades públicas y privadas, quienes mayoritariamente no son todavía proletarios puesto que gozan del divino don de la soltería y aún no están vinculados al férreo y cruel mercado laboral. Ellos son jóvenes sin futuro: con expectativas de un mañana con bajos salarios, pírricas pensiones y un medio ambiente destrozado a causa de la economía extractivista que han agenciado los últimos gobiernos.</p>

<p>Al lado de ellos se vinculan sectores desesperados y terriblemente violentados de la sociedad como los indígenas, algunos campesinos y diversos sectores de los trabajadores.</p>

<p>Una externalidad positiva (para el medio ambiente y la apacibilidad social) ha sido el colapso del transporte urbano, en particular del contaminante sistema de Transmilenio en Bogotá.&nbsp; Para quienes marchamos tranquila y lentamente el pasado 21 de noviembre, el paro se vivió como un sano día sin buses contaminantes.</p>

<p>Gracias a la creatividad de artistas comprometidos, en medio de la protesta han emergido repertorios encaminados a hacer más estridente las voces de quienes protestan, sea mediante ruidosos cacerolazos o a través del lenguaje más armónico de la música.</p>

<p><strong>Por una navidad sin demasiadas luces, pocos gastos y nula deuda privada</strong></p>

<p>Hasta ahora las multitudes que han parado lo han hecho paralizando actividades laborales, estudiantiles y obstruyendo diversas vías. El gran reto es ahora el de propiciar una acción colectiva de no cooperación de los consumidores. Si muchos de quienes protestan se quejan de la corrupción del sector financiero y, en particular, de la presuntamente mal habida fortuna de líderes empresariales como Luis Carlos Sarmiento y su grupo AVAL, lo más consecuente entonces sería no usar tarjetas de crédito y no endeudarse en este diciembre. El sector financiero promueve un crecimiento malsano y parasitario,&nbsp; pues los bancos y diversos especuladores se enriquecen gracias a la cándida servidumbre de clientes que se endeudan y adquieren seguros o que depositan sus exiguos ahorros en ciertas entidades bancarias.</p>

<p>Si mucha de la gente que se une al paro se queja de la corrupción de grandes firmas del mundo de las hidroeléctricas y los servicios de electricidad como Hidroituango y Electricaribe, entonces lo más sano sería parar como consumidores: consumiendo menos electricidad, generando apagones masivos y dejando de pagar tarifas injustas. Por lo demás, los repertorios de noviolencia como los apagones voluntarios son benéficos para el medio ambiente. Consumir menos electricidad genera menos presión sobre los ecosistemas pues las hidroeléctricas alteran nocivamente el curso de los ríos y afectan diversas formas de vida. Volver a la noche natural se traduce en una reducción de la contaminación lumínica y en una recuperación del sueño tranquilo. Además permite prácticas de vida social libres de la luminosidad y del imperio de la televisión y de otros electrodomésticos.</p>

<p>Parando como consumidores en navidad (quizás combinando apagones con cacerolazos) habría un impacto notable en la demanda efectiva. Los empresarios y gobernantes tendrían una presión moral adicional para atender a los inconformes.</p>

<p><strong>Navidad con menos sociedad de consumo y más economía moral</strong></p>

<p>La noviolencia tiene que ver también con la subversión de visiones imperantes y con la generación de relaciones sociales alternativas. El mundo de la navidad burgués es el imperio del consumismo, del endeudamiento y del despilfarro, la ostentación y la multiplicación de la basura.</p>

<p>El significado cristiano y humanista de la navidad es el de la hospitalidad y la fraternidad. En lugar de un mundo de buenos negocios se podrían incorporar discursos y prácticas del intercambio solidario, la práctica de ayudas y de donaciones. Los valores de la solidaridad y de la ayuda mutua son inherentes a las enseñanzas de Jesús, a la evolución por ayuda mutua de la naturaleza (que descubrió Kropotkin) y también a la economía moral de la multitud que es diametralmente opuesta a la mezquina lógica burguesa del lucro.</p>

<p>Un tiempo de navidad en paro debería generar reflexiones humanistas, ambientalistas y cristianas en torno a los pesebres y las nuevas personificaciones del niño Jesús en los cuerpos y rostros de infantes víctimas del desplazamiento por causas de la pobreza y del cambio climático. En la reflexión habría que pensar en promover unas relaciones sociales y económicas noviolentas, como las que hemos insinuado los editores y autores del reciente libro Nonviolent Political Economy.</p>

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