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Dios sí es redondo

Ánderson Villalba
Ánderson Villalba
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Columna

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10 de Febrero de 2020

<p>Bucaramanga fue, por estos días, otra ciudad. Otra ciudad que se permitió&nbsp;el desvarío de saberse <a href="https://www.vanguardia.com/deportes/seleccion-colombia/bucaramanga-respi... de algo que trasciende sus fronteras, que por fin obtuvo&nbsp;una oportunidad, por mínima y pasajera que sea, de demostrar que sí, que aquí también era&nbsp;posible, que también nosotros podíamos&nbsp;pisar el mundo sin demasiadas estridencias, mostrando la más noble de nuestras caras.</p>

<p>Es lo que ha pasado en estos días del Torneo Preolímpico de Fútbol Sub-23, cuyos cuadrangulares finales se jugaron&nbsp;en la ciudad: la euforia de todos, el optimismo compartido y la emoción de proponerle a los demás, a los otros, una mejor versión de las cosas.</p>

<p>No se trata solo de que el estadio Alfonso López, tras años y años de pausas, obras demoradas y reveses, obtuviera&nbsp;por fin una altura que nunca tuvo (hasta hace muy pocos años, por ejemplo, los cambios de jugadores y los ajustes de tiempo se anunciaban con tablones de madera), sino de algo más grande: es la <a href="https://colombia.as.com/colombia/2020/02/06/futbol/1581009922_547045.htm... entera</a> la que esperaba salir de su anonimato, de su condición de ciudad pequeña, a veces marginal y a veces apartada, para dejarse ver ya sin los rezagos de su pasado.</p>

<p>El negocio, por lo demás, pareció&nbsp;<a href="https://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/ganancias-que-le-esta-d... el flujo hotelero aumentó, los establecimientos y restaurantes aprovecharon el evento con promociones y ofertas, los taxistas se beneficiaron, los vendedores de camisetas, pitos, gorros, vuvuzelas y banderas se beneficiaron, algunos empleados, tanto de empresas privadas como de oficinas públicas, se beneficiaron, claro, porque la selección jugaba y había que salir temprano, no vaya a ser que nos quedemos sin silla en el estadio, los revendedores de boletas se beneficiaron, los vendedores ambulantes se beneficiaron: todos, ya se ve, movidos por un certamen deportivo que para muchos no tenía mucha importancia hasta que ya no había nada que hacer y lo mejor era dejarse contagiar por esa exaltación, ese entusiasmo.</p>

<p>El fútbol, <a href="https://www.nytimes.com/es/2018/06/11/espanol/opinion/martin-caparros-mu...ó</a> Martín Caparrós, es una máquina de ficciones, y nosotros también caímos en ella: en la ficción de la magnitud y del prestigio, y en la ficción de la universalidad de un deporte que a todos, tarde o temprano, nos estremece: “Alguien dijo que el éxito del fútbol se basa en que permite que cualquiera lo practique: que, a diferencia de la mayoría de los deportes, tiene un puesto para el grandote casi torpe, uno para el flaco movedizo, uno para el petiso vigoroso, incluso uno para el gordito, que de últimas va al arco pero también juega”.</p>

<p>Y nosotros jugamos al esplendor y al reconocimiento, que tanto nos ha sido esquivo, que tanto ha tardado en llegar. Vimos, entonces, una oportunidad de reivindicarnos, de sacudirnos nuestras deudas, y depositamos en el Alfonso López la cara mejor de nuestro intento de ponernos en el mundo.</p>

<p>Y el estadio, construido en 1941 para los Juegos Nacionales, también simbolizó esta nueva realidad: atrás quedó su abandono después de esos juegos, por el que incluso casi fue demolido apenas unos años después de haberse inaugurado.</p>

<p>La masacre aquella de 1981 en la que cuatro hinchas fueron asesinados por miembros del ejército en plena gramilla, la histórica repartija de veintiséis mil regalos navideños de Gustavo Rojas Pinilla en 1954, la Villa Olímpica sin orden ni criterio que hasta hace poco fue remodelada y puesta en funcionamiento con tecnología de esta década, el desgaste y el abandono que todos atestiguamos, como viendo a un viejo elefante dormido que se apaga&nbsp;de a poco sin que nadie intente repararle la vida.</p>

<p>Bucaramanga se permitió esta euforia porque es la oportunidad más valiosa que hemos tenido de ubicarnos en un radar, cualquiera que sea. Todos sabemos que no somos una ciudad con la infraestructura deportiva de Bogotá o de Medellín, y que el fervor del equipo local responde menos a la calidad deportiva que a una especie de miope sentimiento de pertenencia que todo lo perdona, y es por eso por lo que nos permitimos esta licencia, esta pausa, este alivio generalizado. Celebramos que otros nos celebren. Celebramos que el mundo nos mire.</p>

<p>Celebramos la presencia de los deportistas, de los periodistas, de los turistas, de los curiosos. Celebramos un deporte que de cuando en cuando ofrece belleza y que resume y evidencia bastante de lo que somos. “Después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”, escribió Albert Camus. Y Bucaramanga le debe, ahora, este reflector que tanto había añorado. Habrá que ver qué pasa cuando se apaguen las luces.</p>

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