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¿La ropa hace a la mujer?

Reflexión sobre el debate que generó el vestido que utilizó María Juliana Ruíz en la visita al presidente estadounidense Donald Trump.

Lina Céspedes
Lina Céspedes
Abogada
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15 de Febrero de 2019

He estado siguiendo las reacciones al vestido de María Juliana Ruíz. Me resisto a llamarla primera dama o esposa de fulano, aunque debemos aceptar que su atuendo levantó semejante marejada de burlas y manifestaciones de defensa precisamente porque ella lo llevó en un contexto asociado con las funciones protocolarias de esposa del Presidente de la República. He estado mirando Twitter y he prestado atención a lo que dicen conocidos y amigos en conversaciones informales. Así, he podido corroborar la crueldad que se mueve en las redes sociales. Allí se dicen cosas que difícilmente se manifiestan cara a cara o, por lo menos, eso es lo que quiero creer.

A través de la charla con los amigos y allegados, he podido confirmar que la incomodidad que he sentido frente al sarcasmo criticón y la reivindicación a ultranza de que las mujeres somos más que lo que nos ponemos se debe a que el tema que plantea el vestido de María Juliana Ruíz es más complejo de lo que a primera vista parece. Lo digo por dos razones. Una, porque muchas mujeres hemos luchado por siglos para que nos juzguen por algo más que la apariencia y que nos reconozcan nuestro lugar en la sociedad por algo más que la belleza. Dos, porque la moda produce un mensaje dependiendo del contexto. Así, la discusión sobre lo que llevaba María Juliana Ruíz no puede plantearse de una manera tan simple entre el matoneo por no saber escoger su ropa o su defensa basada en que lo único que importa en el mundo es lo que tenemos en el cerebro y en el corazón.

Es un hecho que la sociedad es particularmente dura con las mujeres cuando no cumplimos con los guiones establecidos. Nos reprochan hablar duro, ser ambiciosas, liderar, entre otras muchas cosas. En materia de estilo, nos reprochan mostrar mucho o mostrar poco, ser sexys o muy mojigatas, gastar demasiado en ropa, echarnos demasiado maquillaje o ir con la cara lavada, en fin. Esto puede convertirse en un obstáculo para nuestras carreras y vidas personales cuando estas apreciaciones sobre nuestro tono de voz, peinado o estrechez de nuestro pantalón se convierten en las excusas para no darnos un puesto, abusar de nosotras o no tomarnos en serio. Esto sucede, por ejemplo, cuando a una mujer congresista se le da cobertura en un medio de comunicación solo por lo que se puso en cierta sesión del Congreso y no por lo que dijo.

Ahora, la ropa que llevamos genera estilos o formas de estar en el mundo. Es una manera de emitir mensajes sobre quiénes somos y cómo nos ubicamos socialmente. De ahí que todos tengamos más o menos la misma ropa para ir a trabajar, dormir, estar en casa o ir al gimnasio. La moda es un código que usamos para comunicar y generar recordación. Por eso, la ropa transmite poder, invita al ocio o rinde homenaje, entre otros. El atuendo es lenguaje y por ello no es algo que debamos tomar a la ligera. Lo que quiere decir, entonces, es que el cómo nos vestimos no es simple banalidad o vanidad, sino que es un sistema de signos que nos sirve para ubicarnos en el juego social.

La crítica a lo que viste alguien no solo está dirigida a las mujeres. He sido testigo de cómo hombres mal vestidos son criticados y muchas veces echos a un lado en ciertos contextos. El dilema con las mujeres es que la crítica del vestido parece desdibujar todo lo demás que ella es, cosa que esporádicamente sucede con el sexo masculino. En esta dinámica participamos todos, de manera individual o colectiva. Vemos políticos que realmente están necesitados de un asesor de moda brillar en los medios por sus ideas, mientras asistimos a cómo una mala decisión en la combinación de colores de una mujer política puede convertirse en tendencia en redes sin que se haga referencia, siquiera remota, a sus propuestas.

Estar vestido de manera apropiada no es una cuestión menor. Es una forma de encajar y de adoptar un código. Poder innovar en materia de moda implica una maestría en el manejo de ese lenguaje. Por eso, no cualquiera puede hacerlo. Así como no todos pueden escribir una buena novela, no todos podemos retar los estándares del vestir y sobrevivir en el intento. Lo que sucede es que a las mujeres nos juzgan de manera más intensa cuando fallamos en este aspecto, porque la sociedad supone, erróneamente, que la moda se nos da mejor que a nuestros compañeros masculinos. Es como si quedáramos desprovistas de todos los demás lenguajes que nos ofrece la sociedad para comunicar quiénes somos.

El que María Juliana Ruíz estuviera mal o bien vestida es solo uno de tantos aspectos de lo que ella es. Ahora, como persona pública, ella está sometida a la mirada detallada de la sociedad colombiana y deberá acostumbrarse a ello. Lo importante es que no olvidemos que ella y todas nosotras somos más que ropa y que los hombres son más que ideas. Mujeres y hombres están en el mundo cubiertos con sus atuendos, utilizando múltiples lenguajes para hacerse a una identidad y a un lugar. Considero que la manera de defender a María Juliana Ruíz no es decir que la ropa no importa o que ella es una mujer “sin ínfulas de poder” (fragmento del trino del expresidente Uribe), sino aceptar que puede que su escogencia de vestido no fuera la más adecuada para sus funciones protocolarias y, al mismo tiempo, recordar que es una mujer de altas capacidades intelectuales. El reto está, entonces, en que la crítica de la vestimenta de las mujeres no las borre del todo y solo sea uno de los tantos aspectos que pueden ser sujetos a análisis.

Pd. Como muchos ya lo saben, no soy una gurú de la moda. Más bien, soy una profesional que procura darle un giro personal al uniforme de abogada. Mi madre se gastó muchas horas y disgustos para convencerme de la importancia de vestir bien. Precisamente esta constante tensión con ella me ha llevado a tratar de entender la función que la moda cumple en nuestras vidas.

Las opiniones expresadas en este medio son personales y no reflejan posturas institucionales.

 

 

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Comentarios (1)

Elizabeth Prado

16 de Febrero

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Yo diría que la esposa del presidente (no me acuerdo el nombre), asumió cons...+ ver más

Yo diría que la esposa del presidente (no me acuerdo el nombre), asumió conscientemente un riesgo previsible y que humor en Colombia es una válvula de escape necesaria. Es más, yo diría que la atención mediática que recibió esa señora, es positiva en términos de recordación y que ayudó a balancear los temas realmente complejos relacionadas con la visita del presidente a EEUU.