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Normas antisociales

Las normas sociales tienen enorme influencia sobre el comportamiento colectivo, no siempre para bien. Las nuevas formas de conexión que nos da el mundo digital abren muchas preguntas sobre la evolución futura de las normas sociales.

Leopoldo Fergusson
Leopoldo Fergusson
Profesor Asociado, Economía, Universidad de los Andes
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09 de Octubre de 2018

Cada vez entendemos mejor la enorme influencia que las normas sociales tienen sobre el comportamiento colectivo. Por  entiendo los comportamientos que se siguen porque esperamos que “otros” los sigan y creemos que “debemos” seguirlos. Los “otros” son un grupo de referencia relevante (mis amigos, mis compañeros de trabajo, mis compatriotas) y creemos que “debemos” seguir la norma porque de lo contrario seríamos castigados (de cualquier manera, desde sutilmente con una mala cara o más fuertemente con una expulsión del grupo).

Para los que crecimos en la Bogotá de Antanas Mockus, la intuición inmediata es pensar en el poder positivo de las normas sociales. Si logramos hacer creer a los demás que todos cederemos la vía, respetaremos el cruce peatonal, o pagaremos impuestos, y si instauramos castigos sociales (tan simbólicos como un mimo o un “pulgar abajo”), entonces podemos comportarnos mejor.  

Pero las normas sociales no son inherentemente virtuosas. Algunos ejemplos nos muestran su lado perverso. En esta entrada compartiré tres estudios de  y coautores que revelan ese lado oscuro, para cerrar con algunas reflexiones sobre las posibles implicaciones de las redes sociales en línea (Facebook, Twitter, Instagram, etc.) sobre las (malas) normas sociales.

Los primeros dos ejemplos vienen de entornos sociales casi opuestos, pero revelan normas sociales muy costosas para la igualdad de género y por sus consecuencias para la asignación de recursos en la economía.  les preguntaron a estudiantes universitarios (hombres y mujeres, en privado y en público) acerca de sus aspiraciones profesionales. El resultado es sorprendente, sobre todo por el contexto: estudiantes de MBA en una de las universidades más prestigiosas de los Estados Unidos. Sospecharía uno que allí se han seleccionado las personas más ambiciosas profesionalmente, y con poca vergüenza de serlo. Pero las mujeres reportan sistemáticamente menor ambición profesional cuando se cumplen dos condiciones: si están solteras y la pregunta es formulada en público. Por ejemplo, las mujeres solteras reportan aspirar a un salario un 15% inferior si la pregunta es pública en comparación con su respuesta en privado (112.000 USD por año en lugar de 131.000). También reportan que quieren viajar casi 7 días menos por mes (6.62 días en lugar de 13.55) y trabajar casi 4 horas menos por semana (48.32 horas en lugar de 52.21). Estas diferencias en los reportes privados (y, por lo tanto, seguramente más francos) versus públicos se desvanecen en las mujeres que no están solteras, y no existen (para solteros o no) entre los hombres. Es más: un segundo experimento muestra que no es que estas mujeres sientan temor de parecer antipáticas (¿muy engreídas? ¿muy “crecidas”?) con sus compañeras. Que sus compañeros solteros observen sus respuestas es lo que produce estas divergencias. 

El título del artículo sentencia la conclusión: “Actuando como una esposa”. Para valorizarse en un mercado (por un marido), las mujeres se desvalorizan en otro (el laboral). Evidentemente, esto no solo refuerza los estereotipos y la desigualdad de género, sino que puede conducir a un desperdicio de talentos productivos. Todo, como consecuencia de la norma social según la cual las esposas deben ser poco ambiciosas laboralmente. 

En el otro extremo del mundo,  estudiaron el caso de la participación laboral femenina (para la cual, cómo no, el esposo debe dar permiso) en Arabia Saudita. En este caso, les contaron a jóvenes saudís que la mayoría de sus compatriotas casados aprueban (privadamente) que sus mujeres trabajen. El estudio revela que esta información es toda una sorpresa para estos jóvenes, convencidos como estaban de que muchos de sus pares condenarían el trabajo femenino. Frente a este descubrimiento, los jóvenes están más dispuestos a permitir que sus esposas trabajen. El ejemplo revela uno de los casos más llamativos (¡y algo frustrantes!) de una norma social, conocido como la “ignorancia pluralística”: todos siguen el comportamiento porque todos creen que los demás lo siguen y creen que deben seguirlo, ¡a pesar de que todos quisieran abandonarlo! 

La buena noticia es que basta el esfuerzo coordinado de corregir las creencias (como en el estudio) para avanzar en el abandono de la norma. ¿Razón para el optimismo? ¡No siempre! Porque el tercer ejemplo que les traigo es uno en el cual, tal vez, hubiéramos preferido que la vieja norma persista aunque se apoye en creencias falsas.  revelan que muchos xenófobos en los Estados Unidos “salieron del closet” con la elección de Donald Trump. Los sujetos de este estudio están menos dispuestos en privado que en público a hacer una donación para un grupo radical contra la inmigración. Una norma social que condena la xenofobia parece detenerlos. Sin embargo, al darles nueva información sobre la alta popularidad que Donald Trump, esta diferencia en el comportamiento privado y público desaparece. Ya no sienten vergüenza de expresar y actuar en consonancia con su xenofobia. 

Para cerrar, una pregunta: ¿Qué impacto pueden tener las redes sociales como Facebook, Twitter, Instagram, y demás en la prevalencia y cambio de las normas sociales, especialmente las más perversas? ¿Y los nuevos medios y motores de búsqueda con sus estrategias de focalización que nos muestran, personalizando, las historias y resultados que predicen mayores clicks?

Podemos pensar en varios efectos posibles. Primero, al extender la información disponible y la exposición de nuestras acciones e ideas, posiblemente nos veremos más motivados a conformar con las normas sociales prevalentes. Este sería un efecto hacia la homogeneización del comportamiento, y es difícil anticipar si esto es bueno o malo socialmente. Depende, en últimas, de si son preferibles nuestros impulsos privados que los públicos. 

Segundo, surge una posibilidad inquietante: los comportamientos que antes podríamos considerar extremos pueden no parecerlo tanto en el mundo digital. Al extender las fronteras de nuestras conexiones, todos (aún aquellos con ideas privadas bien cuestionables que no florecerían de lo contrario en el mainstream) podemos encontrar a alguien que piensa como nosotros.

Esta segunda posibilidad se relaciona con una tercera preocupación más general: como estas herramientas no solo aumentan nuestra exposición sino que moldean con quién interactuamos, la aparición de cámaras de eco (echo chambers) en donde están solo quienes tienen ideas y comportamientos afines pueden perpetuar los comportamientos de grupos disímiles y fomentar la polarización. Curiosamente, esta posibilidad que se da por cierta en la discusión pública, no ha tenido hasta el momento 

De cualquier forma, no podemos ignorar que la regulación social no siempre actúa para bien, y que las nuevas formas de conexión que nos da el mundo digital abren muchas preguntas sobre la evolución futura de las normas sociales.

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Comentarios (1)

Líchigo Tocarruncho

09 de Octubre

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Excelente artículo. Al fin la Silla Vacía publica algo de buena calidad! Fel...+ ver más

Excelente artículo. Al fin la Silla Vacía publica algo de buena calidad! Felicitaciones!