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El país que queremos: breve reflexión desde el medio ambiente

Reflexion sobre la paz y el medio ambiente a través de fragmentos de William Ospina. De nuevo, un análisis desde la novela a la realidad.

Silvia López-Casas
Silvia López-Casas
PhD. Ecóloga de agua Dulce en The Nature Conservancy, en el programa NASCA (Northern Andes and South Central America)
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29 de Mayo de 2018

Ursua, tal como lo ha manifestado William Ospina es un libro de guerras, en el que el escritor, de la mano de una narrativa encantadora nos transporta en el tiempo y nos lleva a diversos rincones de nuestra Colombia: páramos fantasmales, montañas azules, llanos ardientes y cielos poblados de bestias. En todos ellos la historia sembró la muerte, “perforó las nieblas” e hizo correr ríos de sangre.

Mucho se ha dicho en estos días electorales sobre el país que queremos construir, unos hablan de educación, otros de economía, pero mi discurso preferido es ¡LA PAZ! Varios siglos después de que los hechos alimentaran la pluma de Ospina, los paisajes recorridos por Ursua, hoy ya extintos, vuelven a ver correr ríos exclusivamente de agua.

No hace falta ser Colombiano para saber que nuestro país pasó años resistiendo los embates de la guerra y la violencia hasta la reciente firma del Acuerdo de Paz. Si bien es frágil y todavía nos queda el deber de defenderla, ya dimos el primer paso hacia la reconciliación como sociedad. Sin embargo, como lo manifiesta el fotógrafo Jesús Abad, en nuestro país hemos sido violentos hasta con la naturaleza.

En el afán de desarrollo y beneficios económicos los diversos sectores han considerado, casi que desde su planeación, la gestión ambiental de los proyectos como un gasto innecesario, un escollo a sortear con el menor gasto posible. Bien lo escribió Ospina: «si bien la paciencia es industriosa, la urgencia siempre es hermana de la crueldad», y en nuestro país, la urgencia por sacar el mayor provecho económico posible, de cada proyecto, nos ha llevado a cometer un buen número de delitos ambientales. La violencia contra la naturaleza.

La base de cualquier negocio y de cualquier proyecto es la relación que hay entre los costos que implican poner en operación un negocio, y los beneficios que se esperan obtener. Históricamente el país ha sopesado las grandes obras de infraestructura, y las pequeñas también, bajo la lupa de la economía, desconociendo el valor de afectar diferentes tipos de ecosistemas y los impactos en las vidas y las economías de quienes de ellos dependen, desconociendo también el valor de la biodiversidad.

Años de gobiernos consecutivos han puesto por encima los beneficios económicos de diversos sectores del país sobre los impactos en la biodiversidad, que, ignorando el principio de precaución, someten a la naturaleza a degradaciones y sufrimiento, y dejan a sus habitantes humanos y no humanos en condiciones de vulnerabilidad.

No obstante, en nuestra guerra contra la naturaleza son varias las batallas que hemos perdido, y tristemente son varios ya los ejemplos en el país que nos recuerdan las reflexiones que hace el protagonista de La serpiente sin ojos: «Pero a la larga todo es ilusión: un hombre no es nada cuando crecen los ríos, cuando un río de piedras se suspende sobre las aldeas, cuando la nube amontonada prepara sus rayos», y a largo plazo, los colombianos, a costa de unos pocos con los bolsillos llenos, terminamos pagando con intereses lo que quisieron ahorrarnos.

Pero reconciliarnos con la naturaleza no es fácil, implica cambios profundos en como vemos y concebimos el ambiente, en cómo se abordan el licenciamiento y las compensaciones ambientales, en lo que exigimos a nuestros gobernantes. Requiere planeación a nivel de país, con herramientas de análisis integrado, intersectoriales, incluyentes, y que permitan elegir los escenarios futuros de desarrollo con menos impactos ambientales y sociales posibles. El resultado será un futuro equitativo, en el que los costos no sean en su mayoría asumidos por la naturaleza.

Bien sabemos que hacer la paz no es gratis, es igual con la naturaleza. Implica también “sacrificios” y remediar décadas de malas prácticas, que con seguridad nos va a salir más caro que haberlas evitado. Debemos acostumbrarnos a dejar de ganárnosla toda. Cuidar el ambiente es invertir en nuestra salud y bienestar, por lo que el precio nunca será muy alto.

Por el país que queremos, por la paz con la naturaleza, nuestro deber es defender lo que nos queda de bosques y ríos, porque por fortuna «La vida, aquí, no cesa de agitarse. El musgo agrieta las fortalezas, los caminos se borran bajo la hierba, los derrumbes deshacen los campamentos, las aldeas despiertan sobresaltadas a media noche, cuando los arroyos se transforman en ríos borrascosos, las selvas se cierran al menor descuido y todo enclave firme es humillado por los elementos», y todavía estamos a tiempo. Tenemos esperanza y ecosistemas por salvar.

#ColombiaVotaSostenible