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Para que el Mohán vuelva a asustar

La construcción de la planta de tratamientos de Aguas Residuales de la ciudad de Neiva, por tratarse de una obra decisiva para la conservación del Río Magdalena, debe concitar la atención y el debate de expertos y contar con veeduría ciudadana. 

Marcos Fabián Herrera
Marcos Fabián Herrera
Periodista
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13 de Febrero de 2019

Las ciudades ribereñas revisten una particular dualidad en el mundo contemporáneo. Por un lado, son urbes privilegiadas que gozan de las potencialidades que proporciona un río. Bien sea por la riqueza paisajística que el urbanismo puede aprovechar con ingenio para el ornato de los puertos; o por las oportunidades económicas que se derivan del turismo y la pesca, los ríos, cuando se incorporan al relato histórico y armonizan con el modus vivendi de la población, se convierten en emblemas y legitiman con autenticidad la vida de los pobladores. Pero las ciudades también deben ser las responsables de la pervivencia de los caudales de agua dulce, que en un planeta que padece el cambio climático, se erigen en excepcionales bastiones de vida.

 

El crecimiento desprovisto de planeación, un errático manejo que convirtió una alameda y un sendero natural en una cloaca, y una miopía administrativa ancestral que no permitió vislumbrar que el antiguo pueblo algún día sería ciudad, hicieron del paso del río Magdalena por Neiva una postal de pestilencia y deslucimiento. Lo que décadas atrás era un fascinante archipiélago tropical de islotes en los  que recalaban los pescadores turbados por la subienda, y obligaban al gran caudal a ramificarse, hoy es un sórdido depósito de desechos y un ejemplo del desgreño citadino.

 

Por la importancia que posee para la mitigación parcial del daño que ocasiona la ciudad de Neiva en el río Magdalena, la construcción de la Planta de Tratamientos de Aguas Residuales de la capital del Huila, debe ser una obra que convoque la vigilancia ciudadana y el debate técnico.  Contratado con la firma HIDROSAN en el año 2017 por las Empresas Públicas de Neiva, el estudio y diseño del proyecto PTAR, merece una rigurosa revisión. Al omitir aspectos tan definitivos como la valoración geológica del terreno proyectado para la obra, localizado por debajo de la cota de inundación del cauce del río, y que el comportamiento climático ha demostrado que es una área proclive a las inundaciones, el documento divulgado advierte de inconsistencias que son corregibles pero imperdonables en un estudio de esta naturaleza.

 

Al tratarse de una obra,  que de acuerdo a la actual proyección sólo trataría el 70 % de las aguas residuales de la ciudad, el estudio no contempla el inexorable crecimiento poblacional y urbanístico de Neiva. Un descuido que de no enmendarse, puede convertir la obra en un adefesio descomunal. El estudio desconoce aspectos normativos sensibles de la resolución 0330 expedida por el  Ministerio de Vivienda,  que regula  la distancia que la planta de tratamiento debe tener del área urbana. De la misma forma,  no proyecta la construcción de los colectores de aproximación al punto de tratamiento.  Estos errores, evidencian de forma irrefutable, la ligereza e irresponsabilidad de la firma contratada por EPN.

 

Sin estudios de impacto ambiental, y una selección del sistema de tratamiento de las aguas residuales precipitada y carente de un análisis técnico y científico,  la obra presupuestada en 73.800 millones, debe ser  una oportunidad para que Neiva y el Huila se reconcilien con la memoria del viejo Puerto del Caracolí, y los ferrys y las barcazas vuelvan a navegar en el vigoroso río de Colombia. Las densas aguas contaminadas espantaron al Mohán y demuestran que Neiva es una ciudad que hizo del Magdalena el lugar para despedir sus heces.

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