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Pastillas para la memoria de  las sabanas del Yarí

A los invisibles del Yarí les han llamado siempre ocupantes, narcotraficantes, invasores, deforestadores, ganaderos ilegales, bandoleros, enemigos, guerrilleros, disidentes y puntilleros, pero nunca los han reconocido como lo que son: campesinos.

César Jerez
César Jerez
Profesor - Líder de zonas de reserva campesina
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06 de Febrero de 2019

No hay un cielo nocturno más estrellado que este de las sabanas del Yarí, que deje ver la noche iluminada por su luz, y no hay amanecer más claro, inundado de pájaros que vuelan desde el Chiribiquete hacia estos llanos,  no hay palabras que alcancen para relatar esta belleza embrujada. Las metáforas y las paradojas se agotan aquí al tratar de contar el drama entreverado de luces de alegría y esperanza.

Escribo y amanece. Indago la palabra correcta para empezar mientras la luz se mete dentro del día.  Las frases de ayer como esta me despiertan con la necesidad de una respuesta: “Busco un indio para que me rece el maíz”.

Durante estos días rebuscamos con la gente del Yarí en los mapas y sus relatos, en las cruces de los muertos, en los cruces de los caminos enmarañados, en las pistas de los narcos y en las anécdotas inverosímiles, para reencontrarnos en los recuerdos del dolor y llegar a la conclusión de que estas sabanas y estas selvas requieren de memoria, de reparación, de remedio y sanación.

La violencia es la vieja conocida aquí, en un paisaje donde solo debería estar presente el nacer y el morir de la vorágine, el depredador animal de aquí mata para comer, pero algunos de los hombres que han llegado hasta aquí han matado con sevicia por otros intereses más mezquinos. La violencia ensordece con el tronar de las bombas y la metralla  para terminar de callar y enceguecer a los mudos e invisibles que vinieron, huidos en la carrera interminable del miedo y de la guerra.

La historia de los colonos del Yarí está rellena de guerras y perdedores, de trabajo campesino, de narcos y aviones, de guerrilleros y combates, de muertos, de vivos estafadores, de guacas y aventureros.

Mientras en Palonegro se definía la suerte de la “Guerra de los mil días” con los muertos de la batalla expuestos al sol hasta convertirse en osamentas esparcidas por la montaña, “los Buendía” no sabían que el destino de algunos de los derrotados de siempre culminaría en estos llanos de agua, animales, morichales y praderas naturales. Aquí terminaron abriendo fincas con un solo querer,  tener un sitio donde olvidar y morirse de viejos.

Después llegó una nueva oleada de derrotados liberales a estas sabanas, los terratenientes habían ganado nuevamente la guerra de los colores por la tierra, los hijos de la violencia y el despojo necesitaban de una espacialidad para sacudirse la resaca de la muerte  y curarse el sufrimiento, aquí la encontraron.

Luego  vendrían los narcos, necesitaban pistas para la base de coca que traían por toneladas de Perú y Bolivia, de un sitio donde cristalizar, un lugar alejado y seguro autorizado por el poder, para cargar los aviones con cocaína hacia el norte sediento de una droga estimulante que le calmara el aburrimiento, la falta de sexo y el cansancio.

Así llegó Carlos Lehder al Yarí, con pinta de muchacho díscolo, preguntando, jugando picaditos de futbol, mirando en el horizonte al imán del Chiribiquete, sintiendo su magia, hasta que un día desapareció por completo como llegó.

 Es muy posible que Lehder haya estado largo rato en los tepuyes, y que la magia salvaje del Chiribiquete haya sido utilizada por los traquetos antes que ningún colombiano “de bien”, usar los tepuyes del fetiche del Chiribiquete como pista de aterrizaje no es descabellado, como lo afirman algunos testimonios en el Yarí.

Los narcos compraron los fundos a buen precio y mataron a los finqueros que no quisieron vender, para negociar posteriormente con sus viudas. Construyeron en el Yarí pistas, búnkeres y casas de lujo para las fiestas orgiásticas con modelos, reinas de belleza y presentadoras de televisión. El auge de Tranquilandia y su bonanza duraron hasta que las FARC le ganó la guerra a los narcos. La tardía operación policial y militar recogió los vestigios de esa guerra tirados en el campo de batalla y algunas caletas de cocaína.

Entonces por aquí, durante y después del exterminio de los Tiníguas, de la destrucción de la capital de los ancestrales habitantes de estas sabanas, Sachena Yona, pasaron todos menos el anhelado Estado de las soluciones: Las guerrillas liberales, Lara, el capitán aviador Artunduaga, los esmeralderos, Carlos Lehder, Gacha, Pablo Escobar, Qunta Quinta, Marulanda, el Mono Jojoy, “embajadores de la India”, el helicóptero de Alberto Uribe, padre de Uribe y  Generales de la República. Ninguno de aquellos ilusionistas ni de los que se disputan ahora este territorio por sus tierras y su petróleo han logrado lo que los habitantes del Yarí quieren: derechos.

 

A los invisibles del Yarí les han llamado siempre ocupantes, narcotraficantes, invasores, deforestadores, ganaderos ilegales, enemigos, guerrilleros, disidentes y puntilleros, pero nunca los han reconocido como lo que son: campesinos. Están en este ecosistema estratégico, un embrujo que es zona de amortiguación del Chiribiquete y se han ocupado de lo que la persecución, el despojo y la exclusión los han llevado a hacer: vacas y coca.

 

La Tunia, próspera antes de caer en desgracia, fue un pueblo fantasma, abandonado por sus pobladores cansados de que los mataran unos y otros durante el Plan Patriota, ahora se vuelve a repoblar, retornaron 7 familias, la escuela rabrió, 10 niños en la primaria y 7 en bachillerato le apuestan a la superación del pasado a cargo de dos profesores. Tras el escaso retorno todavía, llegó el ejército a repetir la historia y montar base en pleno caserío, preguntando por deforestadores, narcos y disidentes.

Relativamente cerca de aquí murió “Cadete”. En el Camuya, el viernes pasado se tocó nuevamente el llamador de la muerte, aviones, helicópteros y bombas lograron con precisión el objetivo, 17 guerrilleros abatidos. Sus cuerpos destrozados en proximidades del Diamante, lugar donde se realizó la décima y última conferencia guerrillera de las FARC, indican que algo salió mal. El incumplimiento de los acuerdos empujó a muchos de nuevo a la selva y tras ellos a miles de campesinos que se quedaron esperando las parcelas dell banco de tierras de los acuerdos, ellos a esta hora se internan en el Chiribiquete, deforestando para abrir fincas bajo la renovada “ley del monte”, repitiendo la historia de la colonización y la violencia.

Cansada de correr, la anciana campesina de este relato está sentada muy cerca de la estufa de leña de su  morada, observa la “mata” de monte saturada del verdor de la foresta que todavía la maravilla, martillada por el ruido de los pájaros matutinos volados desde el Chiribiquete; ya ordeñaron y ahora descansan en la rústica casa de madera. Su nieto se le acerca y le pregunta sobre lo que ha visto y escuchado, de nuevo hombres armados con uniformes verdes, helicópteros, aviones y bombas, de reuniones con gente de chalecos multicolores que hablan como Melquiades, de cosas imposibles.

 - ¿Qué estará pasando abuela?, le pregunta el joven campesino.

Ella levanta la mirada, sus ojos se humedecen y sus labios arrugados por el tiempo dejan salir las únicas palabras que se le ocurren.

-Pues mijo, que  nos alcanzaron otra vez esos hijueputas.

* Un agradecimiento especial al líder de los colonos, Carlos Rodríguez, y al campesinado de los llanos del Yarí

 

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