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Las maestras: al oído de los candidatos

Desde hace años me llama la atención el anonimato de las maestras colombianas, excepción hecha de las maestras rurales, líderes naturales en sus respectivas comunidades, donde su voz y su opinión son valoradas y respetadas.

Rocio Pineda-García
Rocio Pineda-García
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29 de Mayo de 2018

Desde hace años me llama la atención el anonimato de las maestras colombianas, excepción hecha de las maestras rurales, líderes naturales en sus respectivas comunidades, donde su voz y su opinión son valoradas y respetadas.

Es una paradoja que en el magisterio colombiano, compuesto en un 68 por ciento por maestras, éstas nunca sean consultadas por la opinión pública, ni sean voceras de sus sindicatos, ni sean llamadas a integrar comisiones tripartitas, ni hagan parte de las juntas directivas de las centrales sindicales, etc.

Peor aún, solo alrededor de un 30 por ciento son rectoras y coordinadoras. En 150 años de historia, la Universidad Nacional acaba de elegir por primera vez una profesora como rectora y la Universidad de Antioquia nunca la ha tenido.   

Las maestras ocupan la base de la pirámide ocupacional. En primaria y preescolar alrededor del 90 por ciento son mujeres.  A medida que se avanza en los grados educativos, las maestras van quedando atrás y los maestros empiezan a aparecer, hasta ocupar el 70 por ciento de las rectorías de las instituciones públicas y privadas. Cargos de mayor estatus económico y social.  

La valoración social de las maestras en la primaria es inversamente proporcional al reconocimiento del profesorado en los últimos grados del bachillerato, cuando debería ser lo contrario, por el significado y la importancia que tiene la educación en los primeros siete años de vida de las personas.

Por otra parte, en los sindicatos del magisterio la desigualdad de género se repite en la composición de sus juntas directivas, en los cargos de representación, delegaciones y en la dinámica sindical. ¿Cuántas maestras han sido presidentas de la Federación Colombiana de Educadores (Fecode)?; ¿las reivindicaciones magisteriales incluyen las necesidades y los intereses específicos de las maestras?

Sin embargo, ellas están en primera fila en las marchas, manifestaciones y protestas del magisterio, generalmente justas, así sean calificadas por el Ministerio de Educación y la gran mayoría de los medios de comunicación como perjudiciales para la educación pública. Si fuese real esa preocupación, los gobernantes serían solícitos en el cumplimiento de los acuerdos firmados y los medios y sociedad estarían prestos a vigilarlos.

Me pregunto también: ¿cuántas de ellas son cabeza de hogar?, ¿cuántas padecen violencia conyugal? o ¿son víctimas de acoso sexual?; ¿tienen que responder por el cuidado de familiares en situación de discapacidad?, ¿la salud ocupacional tiene enfoque de género?, ¿cuántas de ellas son o han sido víctimas de conflicto armado: desplazamiento forzado, viudez, violencia sexual, desaparición forzada de seres queridos?, ¿tienen iguales oportunidades para acceder a becas de estudio?, ¿quién se ocupa de sus chicas y chicos mientras ellas se ocupan de los ajenos?

Es hora que el Ministerio de Educación y Fecode contemplen éstas y otras desigualdades de género que afectan a las tres cuartas partes de magisterio, cuando se trate de negociar mejores condiciones laborales del magisterio.

¿Será que la poca valoración social y económica que tiene el magisterio colombiano, tendrá que ver con que es un trabajo mayoritariamente femenino y éste arrastra la desigual valoración económica y social del trabajo de las mujeres con respecto al trabajo masculino?

El Estado y la sociedad colombiana tienen una deuda histórica con sus maestras urbanas y rurales. Es hora de reconocerlas y valorarlas como agentes indispensables del desarrollo del país. Es hora de mejorar sus condiciones de vida y de trabajo. Es hora la igualdad de oportunidades y derechos.

Es hora también que las juntas directivas de Fecode y los sindicatos departamentales se integren de manera paritaria; que haya alternancia de mujeres y hombres en sus presidencias; es hora también que las maestras participen de manera equitativa en las comisiones tripartitas convocadas por el gobierno y/o en otras delegaciones y representaciones. Es hora que las becas de estudio, sean directamente proporcionales al número de maestras.

El aula de clase es un espacio de socialización por excelencia. Las desigualdades, roles, estereotipos y representaciones de género allí presentes, requieren transformaciones radicales para que las chicas y los chicos puedan crecer y formarse bajo nuevos modelos de relaciones de poder entre mujeres y hombres. Así las nuevas generaciones podrán relacionarse como pares: con iguales derechos, iguales oportunidades y sin ningún tipo de discriminación.