La jugada Jaramillo-Rivera para la paz

Intercambiarlos en la recta final del gobierno es una movida brillante y acertada del presidente Santos. En las actuales circunstancias es más importante Rodrigo Rivera en el país

Alirio Calderón Perdomo
Alirio Calderón Perdomo
Abogado
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23 de Agosto de 2017

La paz de Sergio Jaramillo y la diplomacia de Rodrigo Rivera son dos labores absolutamente distintas y equidistantes, pero intrínsecamente relacionadas por los propósitos estatales que ambas comportan.

Sergio Jaramillo, hombre disciplinado, con solvencia moral y ética, dedicó estos años con encomiable entrega a las tareas gubernamentales que le encomendaron. Primero como estratega de la política de la guerra del ex presidente Uribe y luego como estratega de la política de la paz, en el gobierno del presidente Santos.

En los avatares de la guerra del presidente Uribe, entendió que por la vía de las armas era imposible liberar a Colombia del conflicto armado y en consecuencia apostó con rectitud y aplomo en el gobierno de Juan Manuel Santos por una salida negociada para acabar con el lastre arcaico y anacrónico de la guerra.

Enrumbar a Colombia por el camino de la paz es lo correcto y lo que debió haber hecho hace rato la dirigencia de este País. Eso habría evitado millones de desplazados, miles de muertos y desaparecidos y ríos de dinero botados inútilmente y otros tantos miles de millones que solo sirvieron para engordar los apetitos voraces de los señores de la Guerra, con los que desarrollaron  prósperos negocios financieros, concentraron la tierra productiva del país y crearon monopolios; a costas del empobrecimiento y marginalidad de nuestro País.

A Rodrigo Rivera, en cambio, le tocó la diplomacia para la paz. Una tarea no menos difícil. Sobre todo en un continente que era estratégicamente trascendental para apoyar los propósitos pacifistas a los que apostó el gobierno, entendiendo las naturales reticencias que despertaba esta  política en el gobierno de los Estados Unidos; por lo que tener a Europa del lado de la paz, además de fundamental y determinante, era también una presión a los norteamericanos para comprometer y mantener su apoyo a esta política pacifista.

Esta tarea la realizó el doctor Rivera con sobrada solvencia, pues no solo aglutinó a los países europeos por la senda de  la paz, sino que a la par consiguió cuantiosos recursos para su consumación y para el escenario del posconflicto y paralelamente obtuvo trascendentales decisiones en favor de los colombianos como el permitirnos ingresar al viejo continente sin visa, que era una verdadera barrera para el crecimiento de nuestra economía y de nuestras potencialidades.

El servicio público prestado al país por estos respetados servidores fueron fundamentales: uno desde lo local y el otro en lo internacional.

Intercambiarlos en la recta final del gobierno es una movida brillante y acertada del presidente Santos. En las actuales circunstancias es más importante Rodrigo Rivera en el país, por el fragor de la política de paz. En cambio Sergio Jaramillo en el escenario internacional, porque el posconflicto necesita de mayor detalle de lo pactado, para apalancar recursos.

En la urgente tarea de hacer entender los beneficios y los loables resultados de la política de Paz, Sergio Jaramillo no era la persona indicada; por su recio carácter, por su poco olfato político, por su poca capacidad de consensuar posturas y por su distancia con la dirigencia Nacional y Regional.

Mientras que Rodrigo Rivera es todo lo contrario. Él es un nombre con tremendo olfato político, con hilvanada capacidad de lograr consensos y con estrecha cercanía con la dirigencia nacional y regional. El viene a ocupar una carencia de un liderazgo real de la política de paz que no ha permitido que a pesar de los logros y de la evidencia palmaria que nos trajo el proceso. La gente aún no la entiende, no la reconozca y no la defienda.

Sergio Jaramillo, que conoce lo que se acordó en La Habana y Rodrigo Rivera que sabe su implementación, entienden la urgencia de cumplir lo pactado y la importancia de conseguir fondear con recursos europeos, la política del posconflicto en Colombia, y que el apoyo que consigan se sienta en las regiones con obras reales y no con la feria de chalecos, de estudios y de charlas, que hasta ahora  es lo visible en estas martirizadas zonas.