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Les deseo a todos una violenta crisis existencial

Solemos vernos inmersos en una carrera por ser los mejores. En un mundo que ha entendido que el dinero no es una meta suficiente y en el que nos estamos matando por trabajar en exceso, casi siempre es mejor saber para dónde se va que simplemente ser el primero en llegar.

Andrés Acevedo Niño
Andrés Acevedo Niño
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01 de Marzo de 2019

Les deseo a todos la crisis existencial más violenta posible. Una de esas que obligan al doliente a replantear todo: desde su lugar en el mundo, su trabajo actual, sus andanzas de fin de semana, y hasta su círculo cercano de amigos. Eso les deseo. Una crisis tan violenta que los rompa por dentro –como los músculos de quienes levantan pesas– para que puedan regenerarse con una capa adicional de tejido (para seguir con el ejemplo de los músculos) y salir del otro lado más sabios, más experimentados, más curtidos, y, ojalá mejor encaminados.

Esto puede sonar raro y es que crisis existencial tiene una imagen negativa en nuestro imaginario: lo asociamos con personas confundidas que, además, están sufriendo: el universitario que entró a estudiar su carrera con gran entusiasmo, y lo ha perdido al punto que ya “le da igual”; el padre de familia que se enfrenta a la llamada crisis de mediana edad y se compra un carro convertible para llenar sus vacíos; el adolescente que cada vez habla menos, come menos, y le sube más el volumen a la música. En fin, asociamos crisis existencial con personas desubicadas.

Esa palabra me llama mucho la atención. Tiene, al igual que ‘crisis existencial’, una connotación negativa. Como si su opuesto –estar ubicado– fuera el ideal. Y es que, en cierto sentido, lo es. Nos han enseñado que hay una manera de ser y actuar que es la indicada; un camino correcto por el cual transitar. Cualquier desvío de ese camino –que por cierto está bien señalizado (una buena carrera, un buen puesto, una buena maestría, y una buena familia)– entra bajo la categoría de crisis.

A veces pienso que prefiero la crisis a estar ubicado. Estar ubicado, las mayoría de las veces, produce seres humanos en piloto automático. Hacemos los movimientos que se esperan de nosotros: estudiamos para los exámenes, nos va bien; aplicamos a un trabajo, nos aceptan; cumplimos nuestra labor, nos pagan.

Algunos se vuelven especialmente diestros en cumplir con lo esperado: sacan las mejores notas, se leen todo lo que les ponen a leer, hacen reportes impecables que dejan satisfechos a sus jefes. A esas personas se las suele denominar como ‘pilas’, ‘aplicadas’, ‘juiciosas’ y se convierten en el tema de conversación de sus padres y de los padres de otros también. “Pero por qué no puedes ser como Juanita, que le va tan bien en las materias y toca divinamente el violín” le han dicho miles de padres a miles de hijos, intentando volverlos tan juiciosos y aplicados como la hija de sus amigos.

La excelencia académica de muchos de esos hijos prodigio suele tener un origen rastreable: padres que se hicieron a sí mismos a punta de tesón y sudor, algunos de origen humilde y otros con trayectorias más privilegiadas, pero todos caracterizados por trabajo duro y consistencia. Hombres y mujeres que cuando reflexionan sobre su propia historia le atribuyen su éxito al trabajo duro y juicioso. Es apenas natural que sean ellos quienes sienten el estándar para sus hijos. El estándar al cual deben aspirar en todas sus actividades: en el deporte, las artes, la academia y, por supuesto, en el trabajo.

La fórmula de la niña juiciosa que saca la mejor nota en todo, que es la capitana del equipo de futbol y la oradora principal en las simulaciones de la ONU, ha perdido vigencia. Y es que el camino de buenas notas, buena carrera, buen trabajo y buen sueldo cada vez es menos atractivo. La consolidación de un patrimonio abundante como promesa al final del arcoíris cada vez guarda menos sentido. Lo hemos visto en las empresas: las que terminan triunfando en el largo plazo tienen motores que van mucho más allá de la mera generación de utilidad. Lo mismo está sucediendo con los seres humanos: el dinero no nos basta.

A la insuficiencia del dinero como motor de vida se le suman las condiciones extremadamente exigentes para ser el mejor. Siempre habrá alguien dispuesto a trabajar más horas que uno, a dormir menos, y a ser más obsesivo. Y esa gente juiciosa y ‘pila’ lo ha comenzado a advertir: mientras antes sobresalían en el colegio o la universidad, ahora tienen dos o tres colegas que parecen tener super poderes y superarlos siempre. Entonces la lógica comienza a romperse: me esforcé en obtener las mejores notas y ¿mi recompensa es que puedo trabajar 18 horas al día? Todo eso, ¿y ni siquiera soy el mejor?

Están inmersos en una carrera por llegar de primero pero las más de las veces no se han preguntado cuál es la meta. Y es que cuando uno tiene el ojo fijo en esa montaña lejana suele suceder que se le olvida cuál era su propósito inicial, lo que lo llevó a escalarla. O peor, nunca tuvo una motivación inicial más allá del hecho de que en casa le enseñaron que siempre que vea una montaña (llámese universidad, colegio, jerarquía corporativa) hay que escalarla.

En un mundo en el que el dinero ha demostrado no ser un propósito suficiente para pararse de la cama día tras día y en el que nos estamos literalmente matando por trabajar en exceso (los japoneses incluso le tienen un nombre a ese fenómeno: karoshi), les deseo a todos una crisis existencial violenta. Una que los detenga en el camino y les haga preguntarse a qué vinieron a este mundo, qué quedará de ustedes después de que se acabe su tiempo en “este planetica”, como diría el maestro Gaviria, y para qué están corriendo esa maratón por ser el mejor. Y por favor nunca olviden que casi siempre es mejor saber para dónde se va que simplemente ser el primero en llegar.

 

*Si quiere acelerar su crisis existencial le dejo dos recursos que pueden incitar la reflexión: el primero es la de Simon Sinek sobre lo que él ha llamado el “golden circle” y el segundo es el más reciente episodio de nuestro podcast 13%. Cuenta la historia de una mujer tremendamente inteligente y ‘pila’ que en medio del ascenso al páramo de Santa Isabel cayó en la cuenta de que de nada sirve llegar primera en una carrera que nunca quiso correr.

 

Para escuchar todos nuestros episodios, visiten nuestra página

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