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Un cuento viejo en el Plan de Desarrollo

La promesa de la jornada única se considera hace tiempo como uno de los factores decisivos en los procesos de mejora de la calidad educativa, especialmente en la educación pública. .

Francisco Cajiao
Francisco Cajiao
Rector de la Fundación Universitaria Cafam
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08 de Marzo de 2019

Antecedentes

La promesa de la jornada única se considera hace tiempo como uno de los factores decisivos en los procesos de mejora de la calidad educativa, especialmente en la educación pública. Sin embargo sigue siendo un discurso con muy poca claridad en la política pública. Para entender de qué se trata este asunto que ha generado tanta polémica es bueno hacer un poco de memoria.

Leonardo Bonilla, en un estudio del Banco de la República sobre este tema, nos recuerda que en los años sesenta la cobertura de la educación básica era lamentable, lo que llevó al gobierno de Carlos Lleras, en 1965, a permitir las “secciones paralelas de bachillerato” en las cinco ciudades principales y, posteriormente, en todos los planteles del país. En 1967, se regularizó la doble jornada “en primaria y en zonas rurales de baja densidad de población”, permitiéndose, entre otras, que funcionen “escuelas completas de cinco grados a cargo de un solo maestro”. Junto con un aumento sustancial en el presupuesto de educación, estas medidas permitieron aumentar la cobertura escolar dando lugar al despegue de la expansión educativa”.

Cuando se expidió la ley 115 de 1994 ya se había expandido significativamente la cobertura de la educación básica, y las principales inquietudes se comenzaron a concentrar en el tema de la calidad, que parecía no tener posibilidades de mejora si no se asumían decisiones de Estado importantes. Por esto el legislador estableció que “la educación escolar se debe impartir en una única jornada diurna". Esta misma propuesta fue una de las recomendaciones de la Misión de Sabios, tan poco atendidas por los gobiernos sucesivos. Sin embargo el gobierno de Álvaro Uribe expidió el Decreto 1850 del 13 de agosto de 2002, en el cual se aplazó, de forma indefinida, la jornada única.

Hubo que esperar todavía hasta 2015 (segundo gobierno de Santos) para que el gobierno nacional recordara el mandato de la ley 115. Se expidieron los Decretos 1075 de 2015 y 501 de 2016, (expedidos unilateralmente por el Ministerio de Educación Nacional); y el decreto 2105 de 2017 (concertado con Fecode).

 

Lo que hay actualmente

El decreto de 2017, que se supone es la última palabra sobre el tema es francamente irrelevante, pues la definición de la jornada única es tan general que podría aplicarse de manera idéntica a la doble jornada actual. En lo referente al tiempo de la jornada simplemente dice:  “El tiempo de la Jornada Única y su implementación se realizará según el plan de estudios definido por el Consejo Directivo y de acuerdo con las actividades señaladas por el Proyecto Educativo Institucional determinado por los establecimientos educativos, en ejercicio de la autonomía escolar definida en el artículo 77 de la ley 115 de 1994 y sus normas reglamentarias”. Al examinarse los tiempos obligatorios para cada nivel (transición, primaria, secundaria y media), queda claro que lo que se hace es aumentar como máximo una hora y media más en la jornada, con el fin de realizar actividades complementarias incluyendo el descanso y la alimentación escolar.

Es bueno señalar que la mayor parte del decreto concertado con los maestros hace referencia a asuntos administrativos y laborales y no toca en absoluto temas de carácter curricular, entendiendo que el currículo en su concepción más actual no es una malla de asignaturas y contenidos disciplinares.

De hecho el país no se ha vuelto a ocupar de este asunto desde la década de los ochenta, olvidando que el mundo y la ciencia han ido obligando a modificar profundamente las nociones del aprendizaje. Ya muchos países se plantean muy seriamente si la condición de calidad es el tiempo de permanencia en el espacio escolar, o más bien se trata de revisar lo que ocurre allí mientras se permanece.

La permanencia en el espacio escolar en esta era de las telecomunicaciones y el acceso a poderosísimas fuentes de información tiene mucho más sentido de socialización y protección que de aprendizaje. Cada vez resulta menos clara la relevancia de los contenidos que se distribuyen en el espacio escolar, así como de los métodos pedagógicos, como lo demuestra de manera persistente el resultado de todas las pruebas nacionales e internacionales, de manera que no es claro que permanecer más tiempo en la escuela sea automáticamente un factor de mejores aprendizajes.

No hay duda de que la alimentación es de un valor indiscutible para el bienestar de los niños y adolescentes, pero no es definitivo en mejores aprendizajes; también es evidente que mayor permanencia en la escuela puede redundar en mayor seguridad, sobre todo en aquellos sectores sociales donde los padres tienen menos oportunidad de permanecer con sus hijos, pero para que esto fuera efectivo tendrían que permanecer hasta las tres o cuatro de la tarde y no hasta la una y media.

Si no se toca el currículo, que es el ámbito en el cual se debe examinar qué tipo de actividades deben desarrollarse durante la jornada escolar, no habrá ninguna transformación de fondo, pues la discusión seguirá girando en torno a asuntos administrativos, laborales y financieros durante las próximas dos décadas, ya que el esfuerzo del cuatrenio tiene una meta que solo conseguiría cubrir el 24% de los establecimientos.


 

Lo que dice el Plan de Desarrollo

De acuerdo con el diagnóstico del Plan de Desarrollo hoy tenemos que apenas un 12% de los establecimientos han implantado la jornada de acuerdo con lo que establece la norma, o que representa una cobertura de 900.000 estudiantes, y como ya se señaló aspira a llegar al 24% al final del período.

A pesar de que el tema es uno de los más resaltados en el aparte de educación, no resulta convincente porque tampoco aborda el tema central que implica no solamente un par de horas más de permanencia en los colegios, sino iniciar la discusión de una verdadera reforma educativa que pueda concentrar recursos, reorientar los procesos de formación de los maestros, revisar los modelos de organización escolar, fortalecer la participación de los educadores en el diseño de nuevos modelos educativos, aprovechar las innovaciones que se vienen presentando y articular con las universidades inversiones importantes en educación dirigidas al mejoramiento efectivo del sistema.

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