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Darío en el país del ¡Basta Ya! Manuscritos del río muerto

Basta ya de tanto reclamo infundado, de tantas quejas y demandas de justicia por parte de gente que en la mayoría de los casos representa al buen muerto, como alguna vez lo dijera de manera diáfana y contundente el jefe de todo esto.

Alexander Ruiz Silva
Alexander Ruiz Silva
Profesor titular de la Universidad Pedagógica Nacional
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06 de Marzo de 2019

¿Qué he conseguido defendiendo mis convicciones?, ¿de cuántos reconocimientos me he hecho merecedor? Y, sin embargo, parezco inmune a los mismos. ¿Por qué seguir padeciendo el triste anonimato en el que solemos vivir los profesores universitarios? Tanto esfuerzo, días y más días de leer, de estudiar para producir innumerables borradores de documentos que solo son leídos por una docena de personas, todos ellos colegas y estudiantes. ¿Tengo que aceptar pasivamente ese destino?, ¿me he preparado durante toda mi vida para tan poca cosa?

En esto estaba pensando cuando entró una llamada a mi celular desde un número desconocido. La reconocí en seguida, era la voz de mi amigo, el Ministro. ¡Había esperado tanto ese momento! 

- Hola Darío. Sé que estabas pendiente de que te marcara. Bueno, te cuento que hablé con el presidente anoche y me dijo que estaba de acuerdo, que tú eras la persona perfecta para el cargo, que el mismísimo jefe de todo esto te había recomendado. Así que prepárate para posesionarte, pero, también, prepárate para hacerle frente a las trampas de los periodistas malintencionados y, sobre todo, a la envidia de tus colegas. Los primeros días, seguro, se van a presentar algunas reacciones, después cualquier cuestionamiento va a pasar al olvido y vas a poder trabajar cómodamente. Por ahora viene esto, pero con toda seguridad luego una embajada; mínimo, un viceministerio.-

Hablamos cerca de cinco minutos más. Pregunté cuándo se haría oficial mi nombramiento, en qué momento debía solicitar a mi universidad la respectiva comisión administrativa, si ellos se encargarían de ese asunto o si yo mismo debía iniciar el trámite, en fin… en ese momento solo se me ocurrió preguntar tonterías, no pasó por mi cabeza acordar o precisar el sueldo, las primas o las condiciones especiales para instalarme en Bogotá.

Durante los días posteriores a esa llamada tomé conciencia de lo que realmente esto significaba para mí. El sueño de todo historiador: encargarse de la memoria histórica de su país. Decidir qué se investiga y qué no; qué archivos se consideran objeto de consulta y cuáles se transformarán en cenizas; qué demandas y reclamos se tienen en cuenta y cuáles pasan al olvido de los hombres; qué relatos, qué historias y qué nombres se mantienen en la cadena de custodia y cuáles no; pero, sobre todo, qué versiones de la historia acaecida merecen legitimidad y cuáles ni siquiera llegarán a ser nombradas.

Realmente, he llegado a ser una persona notable por arte y gracia de este nombramiento, pero, además, el Ministro dijo que el mismísimo jefe de todo esto me había recomendado. Eso quiere decir que sabe quién soy, que le han hablado de mí o tal vez recuerda nuestro encuentro hace algunos años, en la casa de mi amigo, el Ministro; en ese entonces él apenas era consejero de despacho. Ese encuentro fue breve, sí, pero hermoso, intenso, memorable.

Pensar que mis convicciones de otros tiempos me obligaron a trasladarme de Medellín a Bogotá, por una larga temporada. Viví ese doloroso exilio interno por un simple malentendido. Algunos de mis colegas insisten, aún hoy, en llamar paramilitares a los grupos de autodefensa que supuestamente me amenazaron en aquella época. Cuando pienso en lo sucedido, me parece todo tan confuso, tan ilusorio. Quizás solo querían protegerme ¡cuánta injusticia se deriva de esa tendencia, tan nuestra, a exagerarlo todo! Si no fuera por el abusivo uso de la hipérbole que otros historiadores han hecho sobre nuestra realidad social y política   al momento de contar los muertos, narrar hechos de sangre, darles la palabra a las víctimas, en general, al escribir la historia reciente del país, tendríamos un modo más objetivo, sensato y ponderado de referirnos a nosotros mismos, a nuestras propias circunstancias.

Han pasado los días y todo marcha mejor que lo pensado y planeado inicialmente. Un enorme número de organizaciones sociales ha pedido retirar sus archivos del Centro Nacional de Memoria Histórica que se encuentra ahora, definitivamente, bajo mi dirección. A todos les he dado parte de tranquilidad: “sus memorias están seguras, no tienen de qué preocuparse”. Para evitar interpretaciones erróneas me he aguantado las ganas de decirles que serán consideradas y aprovechadas, incluso cuando se lleven los archivos originales.

He llegado a declarar públicamente y por escrito que una cosa son mis creencias y opiniones personales, como ciudadano, como hombre de bien, y otra muy distinta la tarea profesional que estoy conminado a desempeñar en el CNMH. Si hay alguna incoherencia, esta solo se produce en el lenguaje, no enlaza a la realidad a la que éste alude. Así, la aparente discordia en cuestión ni hace mella en mi carácter, ni afecta la responsabilidad moral y política que he aceptado y que es propia del decoro de mi encargo.

Al parecer, a todos les resultó acertada esta declaración, pues no he vuelto a escuchar o leer nada más al respecto.

La gente de esas mismas organizaciones se ha quejado de que el gobierno actual ha ascendido a los más altos rangos de las fuerzas armadas a militares implicados en ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas y otros delitos de lesa humanidad. Lo único cierto de todo esto es que esos denostados y valerosos hombres no han tenido la misma oportunidad de contar sus historias, como la que han tenido las autodenominadas víctimas del mal llamado conflicto armado colombiano. Es momento de equilibrar las cargas y hacer verdadera justicia con quienes le han puesto el pecho al terrorismo y han defendido, al mismo tiempo, la patria, las instituciones, la vida y honra de todos los colombianos. ¡La valentía no se cuestiona y la lealtad ha de ser objeto de culto! Estoy seguro de que el jefe de todo esto abraza esta consigna con idéntico fervor.

Los riesgos de una justicia especial para la pazcomo si en serio supiéramos lo que es una verdadera guerra– no son otros que el desprestigio de una parte importante de nuestras fuerzas armadas, la impunidad de los insurrectos y una desangelada imagen del país proyectada al exterior.

Me he enterado, por voces amigas, que esas organizaciones sociales, asociaciones de familiares de víctimas de las innumerables e inespecíficas violencias que han azotado nuestro país, organismos internacionales defensores de derechos humanos y oficinas de cooperación de algunos países europeos están discutiendo la posibilidad de crear una especie de Centro Nacional de Memoria Histórica y Social –CNMHS–, algo así como un instituto alterno al que tengo el honor de regentar. Se trataría de una entidad que aloje los archivos que nos están pidiendo entregar y que apoye la realización de nuevos estudios. No creo que sean capaces de tanto. Hacerlo requiere mucha coordinación y un fuerte sentido de la lealtad que, estoy seguro, escasea en esas huestes.

De ahora en adelante se van a producir cambios sustanciales en el Centro. Vamos a darle a esto un vuelco total. En lo único que concuerdo con ese facineroso del Gonzalo Sánchez es en la consigna del ¡Basta ya! De hecho, voy a llevar ese lema hasta las últimas consecuencias. Yo mismo voy a liderar una cruzada a la que se sumará cada vez más gente. En mi fuero interno voy a denominar esta campaña: Darío en el país del ¡Basta ya! 

Basta ya de tanto reclamo infundado, de tantas quejas y demandas de justicia por parte de gente que en la mayoría de los casos representa al buen muerto, como alguna vez lo dijera de manera diáfana y contundente el jefe de todo esto. Basta ya de pedirle al Estado reparar lo que el Estado no ha dañado. Basta de pedigüeños, de plañideras, de gente de mala calaña, de mala energía, de mala espina, de escasos modales. Basta de gente desconsiderada y desagradecida, de rebeldes sin causa, de denunciantes lastimeros, de querellantes impenitentes. Basta de todos los que siguen anclados a los dolores del pasado, de los que no terminan de entender que la historia la escriben los vencedores. Basta de tanta calumnia, de tanta difamación, de tanto oprobio. Pero, sobre todo, basta de tanta exageración.

Estamos cansados de malas noticias. De ahora en adelante el CNMH va a privilegiar una memoria histórica positiva, afirmativa, una memoria de cosas amenas, divertidas, dignas de ser recordadas, una memoria que nos permita construir una relación de lealtad hacia quienes detentan la más acendrada autoridad, en suma, una buena memoria.

Nunca hay que subestimar el valor de la lealtad. En distintos momentos de la historia, los más variopintos regímenes de gobierno se han sostenido con base en la lealtad de sus colaboradores directos e indirectos y, por supuesto, de sus fuerzas militares. La obediencia es un valor tan, pero tan fuerte y tan importante que no encuentra competidores de peso ni en la honestidad, ni en la decencia, ni en la verdad, ni siquiera en la compasión.

Como la lealtad es amiga íntima del miedo, no hay manera de resistirse a sus encantos. Vivir bajo un régimen de terror es horrible, lo sabemos; vivir bajo la protección de los poderosos y el cariño de los amigos, en cambio, es una verdadera fortuna. ¿Quién va a tener miedo cuando a cambio de reconocimiento y bienestar solo nos piden una pequeña dosis de obsecuencia? ¡Tanta ganancia por tan bajo precio! En los tiempos que corren hemos logrado quitarle por completo el velo a la dignidad y así hemos podido ver su demacrado rostro, sus precarias vestimentas. La lealtad a las instituciones y a los grandes hombres no solo es mi filosofía de vida, es también mi manera de entender la historia. 

No hay lealtad sin autoridad y aunque algunos incautos insistan en que este es el valor que sostiene y reproduce tanto a las bandas delincuenciales como a los gobiernos criminales, yo defiendo que eso, en todo caso, es un mal menor. No hay amistad verdadera sin lealtad, y cuando la amistad y la autoridad la exigen, la dan por descontado, realmente nos están dando una oportunidad, nos están invitando a una auténtica conversión.

No se puede vivir sin fe. Y no se trata de un asunto religioso, yo particularmente soy más o menos agnóstico, pero, como todo el mundo, necesito creer en algo para justificar mi existencia. Por esta razón he decidido creer en el hombre. Debo confesar que en esto soy completamente sartreano: no creo en el hombre genérico, no creo en la humanidad, pero sí creo en seres humanos específicos, en hombres particulares. Estoy dispuesto a creer y creo auténticamente, por ejemplo, en el jefe de todo esto. Su poder está basado en un equilibro estético entre lealtad y miedo y eso lo hace encumbrarse por sobre todas las cosas, instituciones, voluntades, designios. De ese tenor es su bello arte de gobernar. ¿Cómo anteponer el criterio propio a semejante fuente de superioridad?  Nunca antes me he sentido tan reconocido, notable y feliz como en estos días.

 

Nota del transcriptor.

El manuscrito, que no es otra cosa que un conjunto de notas de un diario personal recientemente escrito, pudo recuperarse junto a los archivos digitales de dos libros del zaherido escritor brasilero Paulo Coelho y el último número de la versión española de la revista Vanity Fair, de una Kindle, en avanzado estado de deterioro. La Tablet fue hallada en un pequeño caserío, ubicado en la margen derecha, de lo que hace poco fuera un caudaloso brazo del río Cauca y ahora solo es una estela de arena, piedra, juncos secos y esperanzas cicatrizadas, en el nororiente de Antioquia.

 

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