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¿Adoctrinamiento en la educación colombiana?

En la última semana se ha desatado una  polémica que gira alrededor de lo que se ha denominado como “adoctrinamiento” por parte de algunos docentes en Colombia.

Juan Carlos Cubillos Q.
Juan Carlos Cubillos Q.
Educador
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25 de Febrero de 2019

Conviene reflexionar acerca de algunos aspectos que están relacionados con el término "adoctrinamiento" que, según la RAE, consiste en  “inculcar a alguien determinadas ideas o creencias”.  

Si consideramos que la educación es, de acuerdo con algunos pensadores de este campo como Vigotsky, un modelo de transmisión de la cultura, el acto de educar tendrá que ver siempre con inculcar en alguien un cúmulo de ideas particulares o creencias. Es decir, siempre estará relacionada con un tipo de adoctrinamiento. Probablemente la polémica reciente tiene que ver con qué clase de ideas son las que un docente pone a circular en un aula.

Pero, ¿no es acaso cualquier proyecto educativo un adoctrinamiento en sí mismo? El proyecto de la modernidad se asentó sobre la educación como elemento fundamental. Sus  ideales de nación, patriotismo o ciudadanía, entre otros, han sido transmitidos principalmente por el sistema educativo. En este sentido, la educación es la base de la organización política, entendida esta última como la participación en la vida común, que es social por excelencia. Dicho esto, la educación es una práctica política, en esencia.

En este escenario, el docente es un actor protagónico. Incluso la decisión de ser docente implica ya una posición ideológica de cara a la sociedad. Esto es válido en el ámbito mundial ya que, salvo contadas excepciones, la profesión docente se considera en la mayoría de países, una condición de segunda categoría o de inferioridad frente a otros oficios. En Colombia, el contexto adquiere mayor relevancia si se piensa en factores relacionados como las distancias entre la educación oficial y la privada, en sus distintos niveles; las amenazas que reciben los docentes en algunas zonas urbanas o rurales o la inestabilidad laboral, principalmente en el sector privado. 

Por lo tanto, es imposible concebir la educación sin adoctrinamiento. Justamente es el docente, quien se encarga de traducir en términos prácticos el legado cultural que una sociedad quiere preservar. La libertad de cátedra se constituye en una garantía para la transformación y la innovación del conocimiento que circula por los centros académicos. Es justamente, en muchos casos, el docente quien se echa al hombro la tarea de contribuir en la formación de sujetos críticos, curiosos y por qué no, rebeldes, frente a la asimilación de los contenidos culturales que una sociedad, no tan sana, pretende transmitir.

La libertad de cátedra es un bastión desde el que se propone y se transforma un ideal de mundo distinto. De no ser así, estaríamos compartiendo principios medievales y caducos. Evidentemente no se trata de formar personas con rencor social sino de incitar y seducir hacia posturas críticas y propositivas que contribuyan a transformar una sociedad que reclama generaciones que piensen y actúen distinto. Aunque en la profesión docente aún quedan cosas por mejorar y ajustar, no se puede coartar la posibilidad de que en las aulas se construya un nuevo país, un nuevo mundo. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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