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Abuso y manipulación

Nuestra sociedad es terriblemente permisiva con el mal y se da el espantoso lujo de negarlo, reprimirlo o tolerarlo como si con ello hiciera un noble acto de superioridad moral. Pero no hay por qué tolerar el mal. No nos dejemos manipular.

Enver Torregroza
Enver Torregroza
Profesor de la Facultad de Ciencia Política de la Universidad del Rosario
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23 de Febrero de 2019

Una de las cosas más detestables de Trasmilenio, entre todo lo desagradable que es, es el discurso manipulador de vendedores y pedigüeños que a toda hora invaden los buses.

Hablan con amenazas e insultos: si el viajero, que es igual de pobre, no saluda o da plata al "humilde" vendedor, es acusado de ser una persona maleducada, grosera y sin corazón.

El discurso es estándar; lo repiten todos: "si no me da lo que le pido ofende a Dios", "si no me mira y escucha y se deja manipular es un desgraciado"; "yo soy una víctima y usted es un privilegiado que debe dar gracias a Dios por que yo venga y lo maltrate, moleste, insulte y manipule".

Lo dicen además con rabia, a los gritos o con parlantes, haciendo sentir culpables a todos los demás por sus desgracias.

Tal palabrerío manipulador es una versión extendida de algo que es muy usual en una sociedad donde la gente vende cosas a punta de amenazas: "si no compra se va a acabar", "no lo va a conseguir nunca más en la vida", "usted sufrirá y se arrepentirá por siempre".

Siempre hay un discurso detrás: el que compra objetos usados pide en realidad que se los regalen, por que él no vive de eso, no, sino que es para una "fundación".

En los locales pretensiosos de negocios "independientes" atendidos por hipsters criollos todo se vende con una justificación moral: este producto lo hicieron mujeres, este otro víctimas de la violencia, esto de más allá indígenas o madres cabeza de familia, etc. "¡Compre! porque si no lo hace es un misógino racista sin sensibilidad social".

No se puede comprar nada simplemente porque es hermoso o es bueno; hay que halar la culpa y la fibra moral. Manipular.

Los mayores artistas de la manipulación son por supuesto los abusadores. Los hay de todo tipo y en todas partes y no solo cometen abusos sexuales: también hay abuso laboral y profesional, abuso económico, abuso emocional, abuso moral y espiritual. Y a menudo todo viene en el mismo paquete completo.

Está la señora que no comparte sus cuentas ni su dinero con su pareja pero no duda en reclamarle todos los días a su marido la deuda impagable que tiene con ella por haberla embarazado.

Está el jefe macho alfa que hace creer a sus empleados que todo lo que logran en realidad es una dádiva de su generosa voluntad y que a él le adeudan todos sus logros, cuando en realidad los ha estado usando para su propio provecho y los ha estado perjudicando laboralmente.

Están los padres que hacer sentir mal a sus hijos por el enorme sacrificio que es alimentarlos por años, generando en los hijos una deuda infinita e impagable que se agrava cuando les pagan la universidad.

O la clásica: el argumento "familiar". "Es que es familia", "es que tienes que perdonar a tus padres, hermanos, tíos, hijos, abuelos, porque son familia". No importa si han sido delincuentes, violadores, mentirosos, perversos manipuladores que te han hecho daño haciéndote la vida imposible.

Y si no se perdona, tolera o aguanta lo que está mal es que eres un desagradecido.

Lo que ocurre a nivel privado, en familias y empresas, también ocurre a nivel público.

La moral manipuladora dominante impide que nos podamos manifestar en contra de todo lo que está mal.

Si alguien se queja de lo mal que se gobierna y administran las cosas o critica la malsana conducta de la sociedad, las familias y las empresas, es condenado moralmente como un desagradecido con su país y que no ama su patria y no ve todo lo bueno que hay en ella. 

Cuidado uno se queja de un mal servicio o de qué lo atiendan mal o de qué el producto esté incompleto o dañado: seguro la culpa es del cliente que no leyó bien las instrucciones o es un malgeniado.

"¡Uch! Pero cómo se queja!", dicen las señoras: "No es para tanto", "Pero agradezca que pudo ser peor".

Es abuso constante. Es como si el lobo le dijese a Caperucita: "Pero por qué te quejas si solo te violé un par de veces; antes agradece".

Colombia es bella, pero por sus paisajes claro está. Como Venezuela, Ecuador, Ghana o Bután. En general cualquier lugar de la biósfera del planeta Tierra es bello. El cielo puede ser azul en todas partes. Y eso no tiene nada que ver con sus habitantes ni con su ingenio, moral o habilidad.

Así que no hay que confundir el paisaje natural, ríos, montañas y mares ni la imagen turística del país, con la realidad de los pueblos y las ciudades, con las gentes.

El amor a la patria también se lo usa para manipular. Nuestra sociedad no soporta la crítica, en su ego no tolera que le digan que se equivoca.

La inconformidad es ocultada con discursos banales sobre el amor al país o a la ciudad y la protesta social es condenada, despreciada y estigmatizada como la manifestación de gente con el corazón turbio.

Nuestro país no respeta y atiende seriamente la protesta social y, lo que es peor, no protesta lo suficiente ni lo necesario.

Las protestas en Colombia son tristes marchas de tres gatos a las que nadie les para bolas. O son violentamente reprimidas.

La moral colectiva puede ser perversa. Ese cuento de que debemos trabajar colectivamente es muy peligroso por manipulador.

Prueba de ello son las sectas, que hay cientos, donde los lideres abusan de su poder de la palabra para tocar el corazón de sus discípulos.

Lastiman la espiritualidad de la gente y se aprovechan de sus fieles y sus necesidades y traumas haciéndoles daño, al mismo tiempo que los convencen de que todo está bien, de que el mal que padecen y les aplican es en beneficio de todos, y que es una forma de poner a prueba su corazón, su fidelidad, su bondad o su amor.

Vi recientemente en Netflix uno de esos documentales sobre una secta en la que el líder, un actor homosexual fracasado, abusa sexualmente durante años de sus seguidores varones.

Allí se evidencia que el abuso sexual, que es monstruoso, es solo una parte de un abuso general, a todo nivel, doblemente monstruoso, que se basa en la manipulación de quien tiene poder y en las convicciones compartidas por el grupo.

En uno de los momentos cruciales del documental, una de las víctimas dice: "no decíamos nada del mal que era evidente, porque era como una familia".

Si todo el que se queja es tratado mal y quien reclama es visto con malos ojos como alguien intolerante que no sabe dominar sus pasiones, se le abren las puertas al mal.

Por ello los abusadores se aprovechan y gozan maltratando y dañando impunemente a los demás con la aceptación y acquiescencia de todos.

Nadie confronta los abusadores y por ello se sienten actuando correctamente, pavoneándose por todas partes públicamente como si fueran los dueños de la situación.

Y siguen ejerciendo su poder, porque de eso se alimentan y viven. Son malos: se gozan de ello.

Lo más terrible de los abusadores es que se presentan como víctimas que han sido traicionadas. Hacen creer a los demás que son soles que desbordan en generosidad y que todo lo bueno que le pasa a los que los rodea es un regalo suyo. Cuando en realidad son expertos en hacer daño.

Y si la victima del abusador quiere reclamar, éste le dice que está confundida; que eso que cree que es un mal es en el fondo un bien y que debe dar gracias por el trato recibido, porque fue un gesto bueno justo y hasta lleno de amor. Y si no acepta el discurso, es un desagradecido.

Creo que el mal se extiende impunemente por el mundo por la excesiva ventaja que se le otorga.

Por que los buenos ingenuamente creen que hay una justificación detrás: "pobrecito, es que sufrió mucho antes y por eso tiene derecho a ser un abusador".

A ese discurso hay que responderle enfáticamente con un claro !no!

Nuestra sociedad es terriblemente permisiva con el mal y se da el espantoso lujo de negarlo, reprimirlo o tolerarlo como si con ello hiciera un noble acto de superioridad moral.

Pero no hay por qué tolerar el mal. No nos dejemos manipular.

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