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Yo soy la muerte

Conozca en esta crónica a Ricardo Sierra, Rey Momo 2018. Sus logros como bailarín y maestro. Y cómo su vida dio un cambio cuando decidió representar “la Muerte” en la danza del garabato de la Unilibre. 

Libardo Barros
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13 de Febrero de 2018

Lo que se resiste, persiste.

Refrán

En la agenda de Ricardo Sierra, Rey Momo 2018, estaba planeado visitar la tumba de su abuela al final de la mañana del 26 de diciembre. A los 15 minutos del trayecto, cuando casi llegábamos al cementerio, el semblante de quien en los últimos días había bailado y gozado como máximo representante del Carnaval de Barranquilla cambió por completo. El rostro, la mirada, los ademanes, todas sus expresiones adquirieron de repente un aire de solemnidad.

La conductora parqueó el vehículo y de inmediato se dirigió a la recepción para que le indicaran cómo llegar a la tumba de doña María Moreno de Sandoval, fallecida el 15 de julio de 2015. Luego caminamos en silencio por el sendero, con el incesante canto de los pájaros como banda sonora de aquel mediodía en el que había una brisa sofocante.

- Es aquí, señaló Ricardo.

Y con la ayuda de Sebastián, su asistente, amontonó unos ladrillos para quedar a ras con la tumba. Subió, y sus manos siguieron la trayectoria de la lápida. Unas lágrimas disimuladas se confundieron con el sudor de su rostro. Suspiró profundamente y se agarró con firmeza para no caer del improvisado altillo.  Parecía echar de menos las amorosas palabras de bienvenida, el beso, las caricias en el rostro... Seguramente le dolía saber que jamás iba a disfrutar de aquello que su abuela le había dado a partir del día que su mamá, después de la muerte de su padre, lo mandó de Maracaibo a los 11 años de edad.

Aquel instante se fue adelgazando hasta que Ricardo decidió descender. Bajo la sombra de un árbol de matarratón siguió con la mirada puesta en las flores amarillas que acababa de poner en una maceta pequeña adherida a la lápida.

Después de cumplir 25 años, Ricardo se fue a vivir con su hermana. El vínculo con su abuela no se rompió nunca porque siguieron visitándola, festejándoles los cumpleaños que, como se lee en la lápida, fueron 99. El resto de la familia también cuidaba de doña María hasta el último momento, cuando ya todo le era muy difícil, porque en su caso la muerte fue un descanso.

Morir ahora significa para él pasar a un estado de vida mucho mejor porque en la muerte ya no existe el sufrimiento. Y con una expresión más sosegada dice que uno se muere para descansar después de disfrutar todas las etapas de la vida, las que al final pueden ser muy dolorosas.

- ¿Cómo quisieras que fuera tu muerte?

- De la forma que he vivido y he gozado. Que mis amigos y estudiantes de las escuelas de danza donde he sido profesor me despidan con bullicio, baile, música y alegría. No me gustaría que lloren, porque ya para qué. Así me pasa con mi mamá: ahora que está viva se lo doy todo para que me duela menos a la hora de su partida.

- ¿Y cuando oficias de Rey Momo piensas en tu muerte?

- No señor. Al Rey Momo le hace falta mucho para morirse. Igual que yo, también espera vivir mínimo 99 años.

Hace 21 años, después de ser nombrado director del grupo de danza de la universidad Libre, propuso a los bailarines, que estaban muy acostumbrados a la cumbia, innovar con el baile de garabato. De inmediato, comenzó a buscar a uno que hiciera de “Muerte”, pero no fue posible. Después del trabajo de mesa, nadie pudo hacer bien los pases, ni moverse según las indicaciones de la coreografía, así que sus alumnos lo escogieron por unanimidad. Desde entonces nadie mejor que él para saber lo que significa mostrar su muerte carnavalera en escenarios y desfiles de los países que ha visitado.

Una muerte carnavalera que asusta con sus ojeras, su horrible boca y su guadaña. Vestida de negro, con su osamenta en alto relieve y una frondosa peluca negra que se confunde con plumas del mismo color que rodean su cuello.

Que atrae porque danza coqueta. Que se mueve seductora durante los desfiles. Jadeando, contorsionándose de una acera a otra, sin dejar de bailar al ritmo de chandé.

Está convencido que desde el momento que se pone el disfraz ya no es Ricardo Sierra. Se siente poseído por una lúcida alegría igual a la de su primera vez cuando desfiló con un disfraz que le prestó, Iván Cisneros. Ese año se ganaron todos los concursos que daban a las danzas de su estilo. Gracias a sus logros recibió el apoyo necesario para mejorar el grupo y proponer otro que hiciera “danzas especiales”.

Bajo su dirección, desde 1997, la Unilibre ha ganado 16 congos de oro con el garabato y otros 12 con las danzas especiales. Ambos grupos superan hoy día las 250 personas.

 

Ahí viene “la Muerte”

La noche del 13 de enero, durante el desfile especial de las danzas de garabato, Ricardo hizo el recorrido con su disfraz de “Muerte” acompañando a la reina y a las candidatas a señorita Atlántico. La acogida del público, con aclamaciones y aplausos, demostraba el alto valor cultural de la muerte en el carnaval. Tradición que ha descollado gracias a que ha sido nutrida por las culturas nativas, africanas y europeas, principalmente.

En la vida cotidiana de nuestros centros urbanos las personas prefieren no saber de la muerte. Tampoco tiene espacio en el pénsum académico del país. Solo en el carnaval aparece “la Muerte” para recordarnos la costumbre atávica de tenerla en cuenta en los asuntos de la vida. Para mantenerla alejada existen dispositivos sociales que la combaten y muy pocos para reconocerla; mientras en los grupos étnicos tradicionales o en países como México, cada 2 de noviembre se celebra el Día de muertos de manera fastuosa, como si la consideraran una deidad.

Lo queramos o no, la muerte es una invitada necesaria para el imaginario colectivo. En las grandes celebraciones tiene la tarea de ser la antagonista necesaria. Regula esa trágica pulsión que empuja al ser humano a no moderarse en la alegría, ya que en este suele ser común convertir un disfrute en algo mortífero, para sí mismo o para los demás. Los que carnavalean, llegado el momento, no se conforman con una botella de ron, sino que quieren beberse muchas hasta intoxicarse de alcohol y morirse parrandeando. Tal como sucede en la leyenda de Joselito Carnaval, quien muere el último día de carnaval y resucita al siguiente año.

Para los psicoanalistas el goce solo es posible si hay sufrimiento. Morirse de la dicha, por ejemplo, es el lado extremo del goce. En la alegría, la muerte tiene que estar porque es lo que la permite. Gracias a saber que la muerte existe, uno se acerca a lo real de la vida; gracias a la no alegría conocemos la alegría. Y conocemos la muerte cuando nos sumergimos en el dolor profundo de la pérdida. 

Nadie sabe lo que es la muerte. Solo se ve al que se muere, pero ignoramos lo que eso es. La pregunta misma, qué es la muerte, es un misterio muy grande. Por otra parte, la persona que sufre cualquier fobia se niega al disfrute, se encierra sobre sí mismo. Al saber que en todas las acciones de la vida hay riesgo de morir, desconoce la manera de sobreponerse, y como no puede maquillar la realidad, simplemente no es capaz de moverse de donde está.

La condición humana es vivir en permanente exposición al riesgo porque sin ello no hay vida. Bajo el riesgo de la muerte es capaz de ir al espacio, explorar el mar o practicar deportes extremos; lo cual también puede suceder, desde luego, en las acciones más comunes. Como dijera Paz: una civilización que niega la muerte acaba por negar la vida.

 

Gracias a la muerte

Aunque por un momento Ricardo expresara que la muerte de su abuela y la que él representa son parecidas, rectifica de inmediato. Termina aceptando que la otra es una muerte de paz, de tranquilidad, solemne, celestial. En cambio, la suya es jocosa, divertida, escandalosa, terrenal. Una muerte de vivos.

Integrada al grupo de garabato de Unilibre, compuesto por 75 parejas, “la Muerte” ejecuta su danza. Se aleja del grupo y regresa sin perder el ritmo ni los pasos de la coreografía. Observa las figuras que hace el resto de bailarines mientras se desplazan en fila: culebrillas, abanicos o el túnel, en el cual un grupo levanta los brazos y el resto pasa por debajo.   

Sin la muerte, la danza del garabato perdería su esencia. Por eso, Ricardo tiene en cuenta los detalles en su disfraz. Cuando se maquilla vigila que los dientes le queden bien delineados, los huecos de los ojos y la nariz. Y unas expresiones faciales que hagan de la sonrisa de “su” muerte un gesto atractivo, perverso, después que enseñe su encendida lengua.

Reitera que cada año le agrega algo diferente a su disfraz. Poniéndose una peluca diferente, una capa con figuras nuevas, agregándole lentejuelas al traje y a la guadaña, todo para que “su” muerte sobresalga en todas partes, incluidos los bailes de fantasía.

Además, debe cuidar de su estado físico para resistir los recorridos completos de los desfiles. Y en varios tramos escenificar un combate con “la Vida”, que es representada por un bailarín del grupo. Durante la lucha salta, esquiva, se mueve rápido para no ser herida por su contrincante. Luego que “su” Muerte es vencida por “la Vida”, se alejará amenazante, prometiendo que la próxima será la vencedora.

Como investigador de campo puede dar cuenta de la historia y la razón de ser de lo que hace. Con sus explicaciones deja claro que, según Delia Zapata, los garabatos se llamaron primero danza de la vida y de la muerte. Aparecieron por primera vez en las fiestas del 11 de noviembre en Cartagena. Allí los negros desfilaban pintados, con el torso descubierto, un bombacho y descalzos. Comandados por la Vida vestida de blanco, el Diablo de rojo y la Muerte de negro.

Sin muchos cambios esa danza pasó al carnaval de Ciénaga (Magdalena) y después a Barranquilla, donde se le transformó la vestimenta. La razón fue porque quienes la adoptaron pertenecían a los clubes sociales y, por tanto, no consideraron adecuado vestirse de la misma manera que los negros. Tomaron de los congos la música, algunas prendas de su vestuario y le cambiaron el penacho por un sombrero blanco adornado con flores. Conservaron la capa, el babero y la camisa; al bombacho le quitaron los flecos. Le llamaron danza del garabato, como al instrumento de labranza de los campesinos, el mismo que cada bailarín lleva en sus manos, semejante a un bastón de mando.

Ricardo considera que la investigación enseña muchísimo, pero también produce malestares, choques con quienes no hacen trabajo de campo. Y respecto a los cambios que ha propuesto tiene cuidado para evitar el descrédito. Reconoce que es más fácil seguir en lo mismo que aceptar nuevos conceptos sobre el origen de los hechos culturales. Sin embargo, admite que muchos coreógrafos han venido investigando con mucha dedicación, como se ha visto en los últimos años con la participación de trabajos como el de Los negros mata la tigra, Diablos y cucambas, Danza de la cereta, La burra mocha y los doce pares de Francia, entre muchos otros.

Representar “la Muerte” le ha dado a Ricardo un puntaje definitivo para haber sido escogido como Rey Momo. Ha combinado la danza y el teatro para poner en escena una muerte que tiene su sello. Ha llegado a ser un bailarín como nunca imaginó cuando tenía 17 años de edad y empezaba en este arte.

Festeja que gracias a sus constantes coqueteos con la vida ha logrado graduarse de arquitecto y licenciarse en danza, trabajar como profesor en varios colegios de Barranquilla, en las Casas Comunales de Cultura y tantos años en la Unilibre.

Ricardo dice entre carcajadas que por haberla tenido siempre presente, cuando venga la muerte por él, ese puede ser el día más importante de su vida.

A Jennifer Castillo