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Llegó el día y no te dije por quién votaré

Me placerá reflexionar con ustedes, mientras esperamos juntos que llegue el domingo, cuando participaré en la democracia con mi voto y con mi oficio periodístico

Jorge Sarmiento Figueroa
Jorge Sarmiento Figueroa
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25 de Mayo de 2018

A medida que avanzaba y crecía el debate electoral para la Presidencia de Colombia recibí varias veces la pregunta de parte de familiares, amigos, colegas y conocidos sobre por quién voy a votar.

Salvo un par de ocasiones en las que me hicieron la pregunta en privado, la mayoría fue en escenarios públicos, como podemos catalogar hoy a las redes sociales del mundo digital.

En ningún caso público respondí la pregunta. Y ahora que La Silla Caribe me hizo la amable invitación de expresarme sobre esto, decido explicar por qué no lo dije ni lo diré.

Primera razón: el voto es secreto

El secreto en el voto no es para mí un adorno de la democracia. Por el contrario, es parte esencial de ella en la medida que busca brindarle al elector las garantías para que se sienta libre e incondicionado. ¿Se imaginan a un funcionario público, a un empleado o contratista, o incluso a un familiar teniendo que revelar por quién votó?

Segunda razón: elegir es reflexionar

Siento que la decisión de votar por alguien implica una alta dosis de reflexión, tanto para quien pregunta como para quien responde. En ninguna de las elecciones políticas que he presenciado en Colombia vi un debate como el que se ha presentado en estas presidenciales de 2018, tan nutrido de propuestas, perfiles y visiones de los candidatos y de sus seguidores, en los escenarios más variados. Eso me permitió tener acceso a un nivel de información que me sirve para reflexionar. Lo agradezco. Y también vi bastante malgasto de energías en confrontaciones, acciones de convencimientos, de seducciones, de gritos y proclamas, que no invitan a la reflexión, sino que la debilitan. Preferí alejarme de esto último.

Tercera razón: elegimos personas, no mesías ni superhéroes 

Para mí el voto tiene su valor en la administración política de una sociedad. Hasta ahí es su tamaño. Es decir, no estamos eligiendo mesías ni superhéroes sino a una persona con ciertas características, visiones, experiencia y equipo para liderar la administración política del país. 

Tampoco creo que se trate de una decisión vital del ser humano, aunque muchos extremos de Colombia lo quieran vender así. Pienso que debería ser más una decisión gerencial, y quiero ser consecuente con eso.  

Así que le quito trascendencia en mi alma a lo que para otras personas pueda ser una decisión vital. Aclaro: sé que las elecciones presidenciales y en general todas las elecciones políticas son momentos y circunstancias de país, de sociedad, en las que se debaten decisiones que llegan a impactar de manera vital en ella. Pero es precisamente el cúmulo de pasiones y locuras emocionales que nos ha arrastrado en la democracia criolla, global e histórica, el que nos ha llevado a ese frenesí de supuesta trascendencia vital de los procesos electorales.

Prefiero bajarle caña, al menos en mi vida. No me subí a la chiva, no me uní a campañas, no debatí predilección y, eso sí, manifesté lo más claro posible mis análisis sobre los perfiles de los candidatos, sus trayectorias, sus equipos, sus propuestas y sus visiones. Y si expresé las prevenciones sobre algunos no lo hice bajo la consigna de que prefería a otro, u otra. No lo hice así porque vi cómo el debate se tornó tan personalista que cualquier nombre encasillaba el pensamiento en mis interlocutores. Lo mismo ocurría conmigo. Y preferí evitarlo.

Respeto el sentir y la opinión de quienes piensen en otro sentido sobre mis tres razones para no decir en público por quién votaré. Me placerá reflexionar con ustedes, mientras esperamos juntos que llegue el domingo, cuando participaré en la democracia con mi voto y con mi oficio periodístico, si la vida así me lo permite, tal cual como ahora lo hago a través de este escrito.