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Exiliados, otras víctimas invisibles

 Ante la magnitud del drama de nuestro desplazamiento interno, los exiliados son poco visibles porque su tragedia no es material, sino personal. Por el investigador Luis Trejos en nuestra red de expertos Caribe.

Luis Fernando Trejos Rosero
Luis Fernando Trejos Rosero
Profesor de la Universidad del Norte.
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03 de Marzo de 2019

Dentro del universo de víctimas que se han producido en Colombia durante los últimos 40 años, hay un grupo que es invisible y poco o nada reconocido oficial y socialmente: los exiliados, aquellos colombianos que de manera voluntaria o forzada han tenido que dejar el país por razones políticas o de seguridad.

Ante la magnitud del drama humano generado por el desplazamiento forzado dentro del territorio nacional, los exiliados han sido olvidados en la medida que no interpelan a la sociedad (nadie los ve) y que su tragedia no es material, sino personal. 

Esta afirmación se verifica con los pocos estudios oficiales y académicos producidos en torno a estas víctimas. 

El grueso de los pocos trabajos realizados hasta el momento se centran en los países vecinos, especialmente en los casos de Venezuela, Ecuador y Panamá. 

Pero, ¿qué pasó y qué pasa con quienes, por contar con apoyo de redes, salieron a Europa, Asia o Estados Unidos?

Al parecer, se tiene la errada creencia de que quienes lograron ser recibidos y se asentaron en algún país desarrollado (especialmente de Europa) “coronaron” o “les fue bien”, es decir, se asume que con la satisfacción de necesidades básicas termina la victimización, ignorando los profundos impactos psicológicos y emocionales que produce el desarraigo familiar, laboral y social, así como las barreras climáticas, culturales y lingüísticas que deben enfrentar muchos exiliados.

Esta situación de invisibilidad puede deberse entre otras razones a que el exilio colombiano, a diferencia de los países del cono sur, no se ha producido con una temporalidad fija asociada a la duración de una dictadura, sino que en nuestro caso se viene dando con distintas intensidades desde la década de los ochenta del siglo anterior, en el marco de gobiernos elegidos democráticamente que han tenido como telón de fondo el conflicto armado. 

A diferencia de lo sucedido en el sur, Colombia no ha construido una narrativa real en torno a estas víctimas que tampoco han contado con una proyección literaria o artística, como sucedió con Mario Benedetti en la literatura o Fernando Solanas en el cine.

En síntesis, el país aún está en mora de conocer y abordar la real dimensión de su exilio, los quiebres emocionales que implica y las historias de aquellos que lo viven.

En eso la Comisión de la Verdad puede jugar un papel importante, en la medida que logre diagnosticar, visibilizar y describir la magnitud del exilio colombiano y las dificultades a las que se enfrentan aquellos que, obligados por razones políticas o de seguridad, han tenido que dejar el país. 

Para esto es necesario encontrar patrones de victimización y también convocar y dar voz a quienes salieron de Colombia por presiones o agresiones de la insurgencia armada y el crimen organizado.

Lo que debemos entender es que el exilio sólo termina con el retorno y para eso se necesitan unas mínimas garantías.

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